Paisaje con nubes

Paisaje con nubes
SOL (Paisaje con nubes)

sábado, 23 de febrero de 2008

MI ESPECIAL DIA DE SAN VALENTIN

Ya pasó la dichosa festividad de San Valentín, a Dios gracias. Menos mal. Ahora ya tranquilita, en este aspecto al menos, hasta el próximo año. Mira que odio estos eventos que tanto parecen gustar a la gente y que no tienen ni pies ni cabeza. ¿Por qué esa manía de buscar “patrones” a diestro y siniestro para cualquier cosa? Por ejemplo, San Cristóbal es el patrón de los automovilistas ¿Alguien conoce una representación siquiera de este santo conduciendo un deportivo? Pues no. Ni montado sobre una bicicleta siquiera. Mas apropiado sería Ben Hur que al menos manejaba su cuadriga que era un gusto. ¿Sabíais que San Antonio Abad aparte de ser el “patrón” de los animales domésticos lo es, nada menos que, de los tejedores de cestos, fabricantes de pinceles, cementerios y carniceros? ¿Qué decir de San Francisco de Asis que no tenía un mal “pingajo” con que cubrir sus carnes como “patrón” de los fabricantes de tela? Suena a ironía, la verdad. ¿Y Santa Teresa de Avila como “patrona” de los agentes de la propiedad? A San Sebastián que siempre nos lo han representado atravesado de flechas como un acerico que le nombren “patrón” de los actores, pues qué queréis que diga. La primera y última actuación la que tuvo. Lo de San Felipe de Neri como “patrón” de los humoristas si que me llamó la atención. Lo imaginé como un tipo “cachondo” que Iría contando chascarrillos a diestro y siniestro y toda la gente revolcándose de risa a su alrededor. Pues no. Era un eremita, serio, calvo y barbudo como debe de ser cualquier eremita que se precie.

En el caso de San Valentín la lógica de su “patronaje” no anda muy a la zaga de los otros. De entrada, sobre su vida se conoce muy poquito. Tan poquito que casi es nada. Meras especulaciones. Dicen que fue un sacerdote que hacia casamientos de “tapadillo” cuando la Iglesia Católica estaba perseguida, hasta que un día le cazaron y pusieron fin a su afición por el expeditivo método de cortarle la cabeza que siempre resulta. También he leído que el tal sacerdote lo que hacía era llevar cartas de una princesa a su amante preso en las mazmorras por orden del rey, padre de la princesa. Al igual que en el caso anterior, acabó su afición de cartero con la cabeza por un lado y el resto del cuerpo por otro, pues cuando se enteró el rey de los devaneos de su hijita y de la complicidad del bueno de Valentín, le hizo poquísima gracia y ya se sabe como las gastaban los monarcas de la época cuando algo les molestaba. No se, la verdad casi que me inclino mas por la tercera versión que ha llegado hasta mi y es la de que se trata de uno de tatos inventos de la Iglesia Católica para suplir y poner fin a una fiesta pagana llamada Lupercalia que se celebraba el día 15 de Febrero. Su ritual era de lo mas simple. Acudían a un lugar determinado las mujeres que no podían tener hijos, o las que querían seguir teniendo la certeza de poder tenerlos, o , simplemente, a las que les daba la gana de ir. Las azotaban con cintas hechas de pieles de animales y acto seguido se ponían hacer el amor como locas. Ocurría entonces el “milagro” que iban buscando, quedando embarazadas. Bien simple. Parece ser que tuvieron muchísimo éxito y estaban concurridísimas.

La Iglesia Católica acabó de raíz con este rito tan popular poniendo en su lugar la festividad de San Valentín y trasladando el evento al día 14, no se muy bien por qué. Pero evidentemente no era lo mismo. De entrada nadie conocía quién era el santo que les llegaba y cuando se preguntaban unos a otros todos se encogían de hombros como diciendo “pues no se...será algún extranjero...algún “enchufadete” de la Santa Sede....¡Vete tu a saber!”. Se imponía una explicación y esa vino a través de los obispos que tampoco habían oído hablar de este buen señor en su vida, con lo que tuvieron que recurrir a su inventiva. El uno dijo lo de las cartas a la princesa que resultaba de lo mas sentimental, el otro lo de los casamientos de “matute” que era de lo mas aleccionador, y así. En lo que todos coincidieron era en asignar su procedencia a un país muy lejano y desconocido. También en que era el “patrón” de los enamorados, precisando, para que nadie se frotase las manos de gusto, que, naturalmente, dentro de los cánones morales marcados por la Santa Madre Iglesia. Evidentemente las cosas no volverían a ser lo mismo.

Sea quien fuere San Valentín, a mi modesto parecer, si de alguien debería ser “patrón” es de las confiterías, floristerías, joyerías y tiendas de “todo a 100” que ahora han pasado a denominarse “de los chinos”. Naturalmente, siempre y cuando en su oferta tengan un porcentaje apreciable de regalos “cursis” y “ñoños”, pues esa es otra. ¿Por qué se da por supuesto que los enamorados viven en el País de “Cursilandia”? Echar un vistazo a los productos que los comerciantes ponen a disposición de las parejas para obsequiarse mutuamente es para ponerse la cara de gallina. Al menos en lo que a mi respecta que, naturalmente, hay gustos para todos.

Y puestos a elucubrar, si se celebra el “día de los enamorados” ¿Por qué “sólo” se hacen regalos a la pareja? ¿Es posible que, en mayor o menor grado, no se esté enamorado de nadie mas? Me resulta difícil concebirlo. Aunque para efectos prácticos mejor dejarlo así. ¿Imaginamos el “mosqueo” del marido si su mujer recibe un ramo de flores del vecino de enfrente con una tarjetita que ponga “de tu enamorado”? Y si es a la inversa para qué hablar. En todo caso debería cambiarse el nombre y pasar a ser el “día de la pareja enamorada”. O quizá mejor, el “día de la pareja” a secas. ¿Y qué ocurre con los que no tenemos pareja? ¡Ay! Aquí hemos puesto en la llaga. Me explico,

El fin de semana anterior a la festividad me llegaron las primeras invitaciones. La primerísima de todas la de Jordi. Se disculpaba por no poder venir a pasarla en mi compañía. No contaba con él así que mejor. Se quedaba apenadísimo. Vale, vale. Sus pensamientos estarían conmigo. Está bien, está bien. Un correo la mar de sentimental. Celebra el día de los enamorados el 23 de Abril que además es su santo, pero no le importa en absoluto volver hacerlo en Febrero, o en cualquier mes, o en cualquier semana. Si no me pusiera enérgica le tendría aquí cada dos por tres. Y si cediese a sus pretensiones viviríamos juntos y así podríamos celebrarlo todos los días. Pues qué bien. No le anda muy a la zaga Lluis que como estuve con él el sábado la invitación la hizo personalmente. Y personalmente la rechacé. Toda una tragedia.

Tengo prohibido que me llamen por teléfono a no ser por un asunto de vida o muerte. Y al decir por “vida o muerte” no significa que cada cual valore ese concepto según su particular interpretación. Significa algo que sea de vital importancia. Les hago saber que al no vivir sola el resto de la familia no tienen por qué aguantar el timbre del teléfono sonando casi de continuo. No voy a presumir haber alcanzado con mi campaña “anti-teléfono” el éxito deseado, pero si un logro bastante importante.

La comunicación con mi persona se desarrolla a través del correo que es un medio útil, sencillo y sobretodo silencioso. Empiezan pues a llegarme e-mails. Al principio unos poquitos. Muchas gracias, pero lo siento, no va a poder ser. Conforme se acerca el día señalado aumenta la correspondencia. Se unen a las nuevas misivas las insistencias de los que ya he contestado rechazando. Nuevas propuestas, nuevas insistencias e insistencias de los insistentes. Nuevas disculpas por los rechazos. Debo hablar en chino o en mongol pues nadie entiende que haya contestado con un “no”. Acaban por dejar a un lado mis recomendaciones y el teléfono empieza a sonar como un loco. Las llamadas se concentran a la hora de comer y, principalmente, a la hora de cenar. Y mucho mas tarde de esa hora. Mi casa se convierte en una especie de cajita de música que acaba por “poner de los nervios” a toda la familia. El día 13 es el disloque padre. Como me lo se, el “truco” consiste en llegar tarde a casa. Cuanto mas tarde mejor. Sé que no me voy a librar de las airadas protestas familiares, como si yo tuviera alguna culpa, pero serán breves pues todos están deseando irse a dormir.

Al llegar a mi casa a mediodía del día 14, el teléfono mas que sonar atronaba. Descolgué. Grite al que estaba al otro lado del hilo sin preguntar siquiera quien era “¡ Gracias pero...!¡¡¡Noooo!!!” y colgué. Antes de dar dos pasos el zumbido del timbre taladraba de nuevo mis oídos. Aquello no podía ser y una, idea de esas que te llegan en los momentos de mas desesperación, pasó por mi mente. Tras contestar, dejé descolgado el teléfono. A grandes males, grandes remedios. De nuevo volvió la tranquilidad a la casa. Una delicia. Ni un molesto timbrazo mientras comíamos. Ni durante toda la tarde. Resultaba como extraño. Parecía un poco como me hubiera quedado sorda.

Fue cuando estaba terminando de arreglarme para salir a cenar cuando se desató la tempestad. El teléfono. El dichoso teléfono que había pasado a la historia en mis pensamientos, era el causante. Ya ves tu, mira por cuanto mi hermana, que tenía previsto celebrar la fiesta cenando con su novio en un restaurante acogedor lleno de velas, cupidos voladores y corazones traspasados por saetas, había estado esperando impaciente una llamada que nunca, nunca, nunca llegaba. Como todo lo que altera lo mas mínimo su relación amorosa alcanza para ella caracteres catastrofistas, empezó a pensar ¡Qué se yo! Que al mozo le había raptado una tribu de ninfómanas locas o que había sido atropellado por un desfile de camiones. Se puso nerviosa (no le hace falta mucho para ello), y del nerviosismo pasó a la histeria (tampoco necesita gran cosa) Cuando, al fin, se dio cuenta del motivo de que al mutismo era que el teléfono estaba descolgado todas las tragedias del Mundo parecieron desatarse de golpe. Gimió y lloriqueó un buen rato y como, naturalmente, según ella, la culpable era yo, preguntó lastimosamente a voz en grito por qué Dios la había castigado tan cruelmente con una hermana que se empeñaba en arruinar su felicidad. Intervino mi padre. Intervino mi madre. Entre ambos lograron calmar su histeria y convencerla para que hiciese lo primero que tenía que haber hecho que era telefonear a su amado. Oir su voz, calmarse y aparecer en su cara esa sonrisa de estupidez que tienen los amantes cuando están en el Séptimo Cielo fue todo uno. Claro que en cuanto colgó el teléfono clavó sus ojos en mi, jurando tomar las mas crueles represalias que se le ocurrieran.

Celebré San Valentín cenando con mi amigo Manel en un restaurante modestito pero acogedor, luego estuvimos hablando largamente en una cafetería. Desde que le conocí todos los días sin excepción recibo un correo suyo. Me habla de sus recuerdos, de las pequeñas cosas de su vida cotidiana, de sus añoranzas, de su hijo. A veces de cosas tan simples como del tiempo que está haciendo. De sus achaques. De la esperanza que ha vuelto a encontrar al final de su vida. Alguna vez me envía poesías que me dedica. “El día que no recibas carta mía será señal de que algo me ha ocurrido”, me escribió en cierta ocasión. No espera que yo le conteste, aunque cuando lo hago se pone muy contento. Se conforma con saber que hay alguien en quien confiar, que ya no está solo. Manel ronda los setenta años y hace seis que perdió a su mujer y con ella toda la ilusión por la vida. Fui yo quien le propuso ser mi acompañante en este día y en su contestación mostrando su extrañeza, pero aceptando, me confesó que se había emocionado. Aquélla noche le vi sonreir y en su mirada gris brillar un rayo de felicidad. Le acompañé hasta el portal de su casa. Al despedirnos cogió mis manos entre las suyas y una nube empañó sus ojos. Me dio las gracias agregando que era su “hada buena”.
- “En eso te equivocas que en realidad soy una bruja. Pero no hagas mucho caso ¿Sabes? Hadas y brujas son la misma cosa”.

Aquella noche tardé bastante en conciliar el sueño y, aunque no me lo ha dicho, creo a él le ocurrió lo mismo. Me sentía feliz. Muy feliz. Creo que si hay un día para el amor, la mejor manera de celebrarlo es dando todo nuestro cariño a quien mas lo necesita.