Paisaje con nubes

Paisaje con nubes
SOL (Paisaje con nubes)

lunes, 25 de febrero de 2008

ENCUENTRO CON MI "YO"





                       
         



                                                         SOL    (DESPERTAR EN EL UNIVERSO)



Hoy ha amanecido un día de esos que lo que menos te apetece es levantarte de la cama. Si acaso, hacerlo para tomarte un chocolate calentito con churros, y de nuevo volver a buscar de un brinco refugio entre las sábanas. Una bruma grisácea oculta por completo el trocito de mar que, entre los bloques de edificios aún puedo ver desde mi ventana. No es mucho pero para mi lo suficiente.

Ayer sin, embargo, hizo un día sorprendentemente bueno. Casi de primavera. Cielo despejado, ni una ráfaga de aire y el mar tranquilo como una balsa. De maravilla.

Por la mañana estuve en la playa. La primera vez que piso su arena en este año. Prácticamente estaba vacía. Toda para mi solita. Si acaso algún paseante en el paseo marítimo, alguno de ellos con su perrito, y nada mas. Una delicia. Me acompañaba el suave susurro de las olas al lamer la arena y los graznidos de una nube de gaviotas revoloteando en un punto no muy lejano de mi. ¿Se puede pedir mas? Buscaba la soledad, el encuentro conmigo misma. Lo buscaba desesperadamente. La vida cotidiana que llevo, ese ir y venir sin parar, los amigos. Vale, vale, agradezco mucho que estén pendientes de mi, que me busquen continuamente. Me encanta su compañía ¿Cómo no? Pero también me encanta rebuscar dentro de mi, encontrar mi propio yo, sumergirme en mi mundo particular, ese mundo particular de cada cual que existe dentro de cada cual. Últimamente me he descuidado bastante, he dedicado todo mi tiempo a los asuntos reales de la vida cotidiana y nada a mi propio yo.

Chandal y deportivos. Un corto paseo enfrascada en mis pensamientos. Las alegrías, pesares, éxitos y fracasos de la vida real. Asuntos banales a fin de cuentas. Ante mi fue apareciendo como retazos de una película todo “mi” Mundo. El Mundo que me ha venido acompañando hasta el presente y que últimamente parecía cambiar a una velocidad de vértigo. Como si de pronto se precipitase. Hasta ahora el tiempo parecía moverse sobre una superficie plana. Los años transcurrían, eso si, pero cada cual permanecía en su sitio con sus gustos, sus aspiraciones y sus manías. Ahora, es como si esa superficie plana hubiera tomado de pronto relieve y, a la vez, se hubiera disgregado en mil pedazos. Mis amigos, las personas que quiero, siguen siendo mis amigos y las personas que quiero, pero ya no ocupan el lugar inamovible de antaño. Muchos han ido buscando su sitio en la vida donde encontrarán otros gustos y aspiraciones, y adquirirán nuevas manías. Seguirán conservando, eso si, su cariño hacia mi, como yo conservaré el mío hacia ellos, pero poco a poco se convertirán en personas distintas a las de mis recuerdos, como yo también cambiaré hacía los suyos. Es lógico, pero no por ello produce una cierta tristeza de melancolía. Yo misma me siento distinta de la de hace un año, y sin embargo de la de hace un año a la de hace cinco no parece haber variación. Me vinieron a la cabeza todos aquellos amigos a los que he tratado de ayudar, con los que me he volcado, a veces hasta el agotamiento, que de pronto parecen haberse esfumado. No es que piense que no se acuerden de mi, simplemente que por pereza o por mejores quehaceres parecen haberse puesto de acuerdo para no dar señales de vida. Tuve como una especie de amargura, pero la rechacé pensando que su mutismo era buena señal que había logrado el fin propuesto que era, a fin y al cabo, que pudieran valerse por si mismos sin mi apoyo. Pero no por ello pude evitar un nubarrón de tristeza. Nos movemos sin darnos cuenta. Estamos en continuo movimiento y solo lo percibimos cuando nos hemos alejado lo suficiente para llevarnos la sorpresa de que lo que creemos que nos rodea y está al alcance de la mano, se encuentra ahora distante. Supongo que es así la vida, un continuo cambio imperceptible.

En el centro de la inmensa playa, sola, como un naufrago en una isla desierta. Primero unos ejercicios de precalentamiento para despertar músculos y articulaciones. Luego, empecé a realizar la sucesión de movimientos del Tai-Chi. Primero en la modalidad de “fuego” ”, a base de golpes rápidos, secos y precisos contra un adversario imaginario. Es la aplicación marcial por excelencia de este arte, pero a la vez sirve para descargar toda la tensión, tanto física como psíquica, acumulada en el interior, y yo tenía necesidad de librarme de un lastre invisible que, sin darme cuenta, se había ido apoderando de mi, amenazando con ahogarme. Me encontraba torpe. Últimamente había descuidado demasiado su práctica. De ser una lucha real no hubiera bloqueado el golpe del contrincante, mi puño tan solo le hubiera acariciado y habría acabado dando tras pies al intentar dar una patada. No importa, de lo que se trata es de descargar toda la negatividad y esta práctica hace milagros. Acabo agotada y han sido tan solo unos minutos. En el Paseo Marítimo se han detenido un par de curiosos.

Unos ejercicios de Chi-Kung para sosegarme y romper la secuencia y continúo con la modalidad del Tai-Chi en “agua”. Es mi preferida. Es como un baile. Aquí predomina la armonía. Los movimientos se enlazan suavemente unos a otros asemejando al ir y venir de las olas del mar. El escéptico que lo mira desde la distancia puede que piense que es una de tantas chaladuras, no así el adepto que sabe muy bien que tras esta especie de danza se oculta algo mucho mas importante como es el cargarse de la energía positiva que nos da la tierra, el mar, el cielo. Todo lo que nos rodea.

Nuevos ejercicios de Chi-Kung y ahora es la modalidad en “tierra” la que inicio. Resulta mas difícil de lo que puede parecer al profano. Los movimientos deben ser lentos. Desesperadamente lentos. Hay que sentir cada músculo, cada articulación. La concentración sobre el propio cuerpo debe ser total. Tan absoluta que todo desaparece a mi alrededor. Suelo realizar este ejercicio con los ojos cerrados y es idóneo para sentirse a si mismo, para reflexionar, para asentar las ideas.

Son ya alrededor de la docena los desocupados que están mirando. Supongo que pensarán que estoy “pirada” o algo así. No importa. Si fuese Verano y me vieran en alguno de los apartados rincones que trato de encontrar para estos quehaceres, sin duda les agradaría mucho mas pues, siempre que es factible, me gusta practicar los ejercicios sin ninguna ropa encima de mi cuerpo. Ya digo que siempre que es factible, lo cual es mucho decir ya que cada vez resulta mas difícil encontrar lugares solitarios. El año pasado, por ejemplo, encontré un sitio ideal en pleno bosque. Un pequeño claro rodeado de árboles al que solo se podía acceder por un angosto pasadizo. De lo mas discreto. Ni un atisbo de vida humana en leguas a la redonda, sólo el trinar de los pájaros, el murmullo de las hojas al moverse con el viento y esos mil ruiditos típicos de tales lugares que no se saben a ciencia cierta a qué son debidos. Como decía, un lugar ideal. Pues bien, en plena postura del “loto” me sacó de mi meditación la desagradable sensación sobre mi cuerpo de dos húmedos hocicos que me olisqueaban . Al abrir los ojos vi ante mi un par de perros que me miraban sorprendidos y cinco metros mas atrás sus propietarios, cazadores a juzgar por la escopeta y atuendo, no menos sorprendidos que sus sabuesos. No era para menos. Darse de narices con una chica desnuda, en el colmo de la abstracción, en un lugar donde lo normal sería hallar un jabalí, un conejo o, si cuadra, una lagartija, no es algo que se dé todos los días. Pero esto ya es otra historia.

Meditación. Me gusta hacerla sentada en la postura del “loto” o echada boca arriba, pero no sería posible por la humedad. Hube de inclinarme por la meditación de pie que recomiendo encarecidamente a cualquier lector que tenga inclinación hacia estas artes, advirtiendo, eso si, que bajo su aparente sencillez encierra una gran dureza. Sus beneficios son increíbles, pero el cuerpo acaba tan dolorido como si le hubieran metido a una en una batidora. Básicamente consiste en caminar muy lentamente, como a cámara lenta, desesperadamente lenta, en un amplio círculo. Toda lentitud que logremos es, aún, demasiado rápida. Y es aquí donde reside su dificultad pues el propio cuerpo tiende a caminar mas “deprisa” para llegar “antes”. Es un absurdo puesto que al caminar en círculo nunca se llegará al final. Según el maestro tailandés que me enseñó esta técnica, “hay que caminar como si se estuviera quieto”. Ya se sabe que los orientales se expresan de una forma que ya, ya. El cuerpo totalmente relajado, la primera vuelta con los ojos entreabiertos para reconocer el camino. A la segunda vuelta suelo cerrar los ojos. En cuerpo deja de sentirse y los movimientos de los pies se hacen inconscientemente. A partir de aquí, y según la habilidad de cada cual, se va entrando en una abstracción mas o menos profunda. Personalmente logro evadirme de toda sensación física, de todo lo que me rodea. Entro en un plano espiritual en el que visualizo una agradable luz azulada. Es como estar en otra dimensión. No hay que pensar en nada. Tampoco hay que luchar contra los pensamientos que llegan como ráfagas, simplemente observarlos con curiosidad e ignorarlos. Tan solo hay que concentrarse en la luz. Cuando se tiene una cierta práctica se llegará hasta una especie de Universo desconocido, totalmente inmaterial, indescriptible, lleno tan solo de sensaciones placenteras. A veces este estado tan solo se consigue durante unos segundos. Poco a poco la consciencia regresará al cuerpo sin que podamos evitarlo. De nuevo sentiremos el aire en nuestro rostro y oiremos los ruidos que nos rodean. Nos sentiremos somnolientos y bastante cansados, pero pronto se pasará. A veces se siente una un poco malhumorada. No importa. Notaremos enseguida que tenemos una gran energía en nuestro interior y que una gran paz nos rodea. En los siguientes días nuestra vida cambiará como por arte de magia, los problemas que antes nos agobiaban dejarán de ser tales y todo nos irá mejor. En fin, esta es mi experiencia que ahora ofrezco a quien desee.

Pasé delante de los inmoviles mirones que había seguido mi actividad. Me miraron en silencio, casi con veneración. Posiblemente no entenderían ni media de lo que habían visto pero se notaba que les había causado un cierto respeto. Me fui caminando hasta casa. Notaba como si caminase por las nubes. Me sentía feliz.

(Domingo, 24/FBR/08)