Nika, la hermana mayor de mi amiga Silvia me hizo la confidencia de que su jefe la “acosaba”. Acoso sexual, se entiende. No tengo, lo que se dice, mucho contacto con ella, la verdad, pero mira por cuanto fui la agraciada para hacerme partícipe de sus cuitas. Estoy acostumbrada a estas cosas. En cuanto alguien de mi entorno tiene el mas mínimo problema, pues ya se sabe, acuden a mi como las moscas a la miel. A veces me pregunto si tendré cara de “kleenex”. Pues si que tiene mala “pata” la pobre, ahora que el menor de sus hijos va a la guardería y puede disponer (¡Al fin!) de un tiempo libre para poderse ganar unos euros mira por cuanto el patrón que la toca en suerte, a parte de exigirla como contable quiere llevársela al huerto. Eso es lo que entienden algunos con lo de empleada para “todo”. Un verdadero “chollo”.
Me lo confesó en un susurro mirando hacia todas partes, vigilante por si alguna oreja indiscreta surgía de debajo de las piedras, haciéndome prometer que sus palabras quedarían en mi como en un pozo sin fondo, de donde no saldrían aunque me sometieran a las mas refinadas torturas. Si fui la electa para desahogar su corazoncito era debido a que como yo soy “así” la comprendería perfectamente. No especificó qué entendía por eso de que “soy así”, si es que daba por sentado que mi vida era un continuo acosamiento sexual hacia mi persona por parte de toda la población masculina que encontraba a mi paso, o que era yo la acosadora insaciable hacia el sexo opuesto. Pues vale, dejémoslo en que yo soy “así”. Sin especificar.
- “¡¡¡Mira que si se entera Mario!!!
Mario es su marido. El candidato a “mihura”. Al que, según Nika, su jefe quiere torear con pases de pecho, “verónicas”, “manoletinas”, “chicuelinas”, estocada en todo lo alto, o en todo lo bajo y, si cuadra, vuelta al ruedo . Le aconsejé que le denunciara y ella se puso pálida como un fantasma. Nada de denuncias ni cosa que se le pareciera. La empresa donde trabaja es pequeñita, pequeñita, tanto que en las oficinas tan solo hay dos personas, el subsodicho “acosador” y ella. Mas bien debería decir que tan solo está ella que es la que se encarga desde atender al teléfono, a los clientes y proveedores, correspondencia, contabilidad y cuanto cuadre. No se si quitar el polvo y pasar la fregona también. El jefe anda por ahí haciendo cosas de jefe que se supone sean visitar a clientes, bancos y demás historias. De cuando en cuando aparece por la oficina para departir con ella lo que hubiera acaecido y al tiempo echarle los tejos. No hay, pues, testigo alguno que pueda testificar a favor de ella.
- “¡Pues plántate y párale los pies!”
Tampoco procedía mucho, pues si bien ella se siente “acosada”, no es “acoso, acoso” sino simplemente “acoso”. Es decir un “no” pero “si” o un “si” pero “no”. Y aquí ya me empecé a perder, perder, perder, perder... ¿Qué “diantres” entiende esta mujer por “acoso”? ¿Te ha “metido mano”? ¡No por Dios! ¿Te ha tocado las tetas, el culo ...? ¡Noooo! ¡Si es el colmo de la corrección!. Una vez la dio unos discretos toques en el hombro para llamar su atención, pero a eso yo no le llamaría precisamente “acoso”. ¿Te ha propuesto cosas deshonestas? ¡Ca! ¡Si el buen señor solo vive para su mujer e hijos cuyos retratos presiden su mesa de despacho!.¿Te envía correos obscenos o chabacanos? ¡Qué ocurrencias, Virgen Santa!¡Por supuesto que no! Ni correos obscenos, ni pornográficos, ni chabacanos ni nada de nada. Ni siquiera una sencilla poesía de amor. Comenzaba a sentir desesperación.
- “Soseguémonos, soseguémonos, soseguémonos... Respira profundamente tres o cuatro veces y... ¡¡¡Dime de una “puñetera” vez cómo diablos es “ese” “acoso” al que dices te tiene sometida!!!. ¿Telepáticamente quizás?”
No, no era telepático pero si bastante enrevesado. Espero no perderme en la explicación. Vale, allá va. Como dije antes la oficina es pequeñita, pequeñita, tanto que casi hay que entrar a turnos. Prácticamente un estudio un poquitín amplio o un apartamento un poquitín chiquito. Un cuarto con el despacho del jefe, un entrador en el que se ha acoplado la mesa de ella, un aseo y un cuartito minúsculo que hace funciones de archivo. Se acabó. Departen en el despacho de él. El uno sentado tras su mesa y ella en un sofá que de puro viejo se hunde hacia atrás haciéndote levantar las rodillas. Baste llevar una faldita cortita y ser un poco descuidada para ofrecer al vecino una amplia visión del color de las braguitas.
- “¡No veas qué miradas me echa!... Entrar en su despacho y mirar hacia el sofá es ponérseme los pelos de punta... ¡No quiero ni pensar si se enterase Mario!”
Si alguien ha llegado leyendo hasta aquí, imagino que habrá quedado tan perplejo como quedé yo preguntándose cómo es posible que la protagonista de esta historia no haya logrado oir hablar de una prenda sumamente curiosa y útil para casos semejantes llamada “pantalones”.
Ni que decir tiene que la parte superior también era objeto de libidinosa contemplación en tanto que al estar con la espalda reclinada hacia delante para poder tomar notas, ofrecía “sin querer” un amplio muestrario de sus interioridades. Máxime si se llevaba un amplio escote o se llevase desabrochado algún botón de mas por puro “descuido”, aunque estas últimas apreciaciones son puras suposiciones mías.
No hijita, no, que si aquí hay alguien deseosa de dar capotes a ese pobrecito de Mario que tanto mencionas , eres tu, que tu jefe debe estarse preguntando si por querer contratar a una administrativa no ha metido en la oficina a una pantera ardiente de sexo dispuesta a abalanzarse sobre él. Que le debe “acojonar” la idea de encontrarse contigo a solas, de ahí que aterrice en el despacho sumamente lo indispensable para que el negocio no se vaya a pique. Que lo que tu llamas “departir los asuntos del día” mas bien deberías llamarlo “exhibición de lencería”. Que, en definitiva, los “pelos de punta” que se te ponen nada mas ver el dichoso sofá, son los deseos que tienes de utilizar el mueble para algo mas que para asentar tus posaderas. Vamos, que en tanto los pensamientos tu jefe se concentran de factura en factura y de “fax” en “fax”, los tuyos están ocupados por la imagen de un buen “revolcón” .
Protestó aunque tímidamente.. Se puso roja como una guinda, luego, como un cesto lleno de guindas y, finalmente, como un campo de amapolas. Naturalmente que acerté en mi apreciación, aunque creo que me quizá me pasé un poco.
Nika se casó muy jovencita. Una de tantas que creen que el Mundo se va a acabar si no se atan de por vida a un “maromo” apenas dejan atrás el instituto. Tuvo un hijo, mas adelante otro y, finalmente, un tercero. Especialista en partos, vacunas, biberones, pediatras, “caquitas”, noches sin dormir y salas de urgencia con un bebé con toda la fiebre del mundo entre los brazos. Por añadido, especialista, igualmente, en compras, guisos, lavadoras, planchas, fregonas y juegos malabares para poder subsistir hasta fin de mes. Paella los domingos en casa de sus padres o de sus suegros y como algo esporádico, muy esporádico, alguna salida con un reducido grupo de amigos de esas que son ir, sentarse y volver. Así un día tras otro y un año tras otro. No es de extrañar que ahora, libre de las cuatro paredes de su vivienda, asomada por vez primera, en no se sabe cuantos años, al mundo exterior, quiera de alguna forma recuperar aquella juventud que casi se le ha esfumado ante sus narices, sentirse deseada para algo mas que para el rutinario desahogo sexual de fin de semana con su marido. Sentirse, en definitiva, mujer.
Todo es pura fantasía y de ahí no va a pasar. Al menos de momento. Nika no tiene valor para algo mas “real”. Puede estar tranquilo Mario que el único adorno “cornamental” que le puedan poner tan solo existirá en la imaginación de su mujer. En cuanto al “acosador”, tirando y tirando de la lengua a la chica llegué a la conclusión que ya había imaginado y es la de que se trataba de la persona mas “inofensiva” para tales trances. Por eso lo eligió la moza para “jugar” sin mayor peligro. Es quien lleva la peor parte e imagino que a estas alturas estará hecho un lío preguntándose si su negocio continúa como de intermediario minorista o, por el contrario, sin haberse percatado del cambio, se ha convertido en un “Sexy-shop”.
El título de este “Blog” quiere reflejar mi propia vida. “Arte”, pues es lo que mas me apasiona. “Sensualidad”, pues creo que la mujer es sensualidad por los cuatro costados. “Lluvia de colores”, pues creo que la vida está formada de pequeños hechos que son como una agradable lluvia de luz y de color. Quiero contar mis vivencias, mostrar mi arte y exponer mi peculiar manera de ver y sentir lo que me rodea.
Paisaje con nubes
SOL (Paisaje con nubes)
domingo, 18 de mayo de 2008
domingo, 11 de mayo de 2008
SABADO SABADETE
Lo bueno de los restaurantes orientales es que te hacen un recibimiento con tanta sonrisa y tanta reverencia que te hacen sentir hasta importante y olvidas que eres un “pelao” de poca monta. Es como si al verte exclamasen, “¡Mirad quién viene! ¡Es don fulano o doña megano! ¡Qué gran honor para ésta, nuestra humilde casa! ¡Alabados sean todos los dioses que nos han escuchado! ¡Ahora si que podemos morir en paz!”. Como si te conocieran de toda la vida aunque sea la primera vez que te ven. No falla en ninguno de estos locales. En los modestitos, modestitos, el acto corre a cargo del propietario que, a su vez, actuará de “maitre” y camarero. Si acaso, se hace acompañar por algún cuñado, primo o hermano que tiene empleado en la cocina a la espera de obtener el permiso de residencia. Conforme aumenta la categoría, aumenta también la parafernalia hasta tomar aires de todo un “ballet” oriental. En los de super lujo, imagino que vendrán a tu encuentro hasta con dragones voladores. Una se pregunta de dónde sacarán para pagar a tal despliegue de personajes de ojos rasgados, pero esto es uno de tantos misterios orientales.
En esta ocasión el grupo de amigos nos hemos declinado por un restaurante japonés, o japonés-oriental, o quizá oriental a secas que no lo tengo nada claro, la mar de acogedor, la mar de evocador y la mar de todo. Un poco carillo para nuestras economías que dan pena, pero un día es un día a fin de cuentas.
Cuatro camareras, muy monas ellas con sus kimonos y dos camareros con chaqueta roja que no es que tenga gran cosa de oriental, pero bueno, puestos en fila como si se tratara de una revista militar, sonríen e inclinan la cabeza a nuestro paso al tiempo que musitan un “no se qué” en lengua exótica que imaginamos significará “bienvenidos”, “hola” o algo así, aunque lo mismo podría ser “hoy no llueve” o cualquier otra cosa. Respondemos con “buenas tardes” por la cosa esa de decir algo. Evidentemente entienden de español tanto como nosotros de su lengua, así que vuelven a sonreir, dan dos o tres reverencias mas y todos quedamos tan contentos. Se trata del “comité de bienvenida”.
Hace su aparición un nuevo oriental vestido de negro de cabeza a los pies entre nuevas sonrisas y reverencias. Es el “maitre. Damos el nombre de la reserva, “Ramón Calduch”, el otro consulta su libreta y repite satisfecho “Lalon Lalud” ampliando su sonrisa hasta las orejas como si acabara de contar el mejor chiste del mundo. Bueno, pues vale, tanto da “Ramón” que “Lalón” con tal de que nos conduzca a nuestra mesa. Las camareras enkimonadas y camareros enchaquetados desaparecen como por arte de magia . Le seguimos al igual que un grupo de turistas de un viaje organizado siguen al guía. A los tres pasos se detiene y los dieciocho que somos nos agolpamos expectantes tras él.
Una camarera, frágil como una muñequita de porcelana, se acerca corriendo a pequeños pasitos, el “maitre” la dice “algo” que nos resulta incomprensible, ella nos mira, sonríe, hace tres reverencias, nos dedica un pequeño discurso del que no entendemos ni “pum” y, finalmente nos invita a que la sigamos. Los chicos la miran embelesados pues es muy guapa. Ya en la mesa enciende una velitas que hay en su centro, nos hace tres reverencias mas, nos musita entre sonrisas y risitas algo que nuestros oídos perciben como “tichitichitichi” , repite las reverencias y se aleja a pasitos cortitos, cortitos. “Gracias”, “gracias”, “gracias” decimos todos a excepción del “cachondo” del grupo que lo cambia por “¡Qué buena estás!”. Es la encargada de conducirnos hasta la mesa y cumplida su misión no se acercará a nosotros en toda la noche.
Apenas nuestros traseros han tocado el asiento de la silla, surgen de la nada dos orientales, pequeñitos, pequeñitos. Cada cual lleva una montaña de cartas que por la inusitada rapidez con que las reparten colijo que antaño debieron ser tahúres del Mississipi.
Las cartas son curiosísimas, estrechitas y muy largas, tanto que para ver la parte superior hay que bajarlas hasta la cintura. Vienen escritas en algún idioma oriental, con esos signos tan bonitos, y debajo en español, aclarando entre paréntesis de qué consta el plato. Por si queda alguna duda está ilustrada con numerosas fotografías. Es extensísima, cerca de doscientos platos. Cuando llegas al final ya no recuerdas lo que te había llamado la atención del principio. Es muy decorativa, muy bonita de ver, como ya he dicho. Es también todo un lío a la hora de ponernos de acuerdo sobre qué pedir. Cuando llega el sonriente “maitre” dispuesto a tomar nota de lo que quieren los señores en la mesa reina el caos mas absoluto. Unos están tratando de encontrar cierto plato que les llamó la atención en el primer vistazo que dieron a la carta, otros discuten entre pedir no se qué o no se cuantos, hay quién no ha pasado de mirar las fotografías que adornan la carta, también quien trata de descubrir una traducción entre la simbología oriental y las palabras españolas, existen, por último, los que se han enfrascado en una conversación y ni siquiera han abierto la carta de los platos. Si el buen oriental no sale corriendo debe ser debido a su práctica de la filosofía Zen. Con su media lengua insinúa regresar un poco mas tarde para dejarnos pensar un poco mas lo que deseamos. Nos oponemos a ello. Sabemos, por experiencia, que “un poco mas tarde” reinará el mismo caos que “ahora”. Dieciocho personas le hablan a la vez y aunque continúa con su sempiterna sonrisa por la frente se le deslizan gotas de sudor. Guarda la libreta de notas aparentando confiar las indicaciones que se le dice a su memoria. Ha decidido, lisa y llanamente, traernos lo que le venga en gana.
Está todo buenísimo, o al menos, así me lo parece, y lo paso en grande tratando de hacer una pinza con los palillos tratando de coger esos bocaditos pequeñitos, pequeñitos que la mitad de las veces se resbalan a dos centímetros de su destino dejándote con la boca abierta y vacía como si se burlasen de ti. Mi soltura empleando esos utensilios equivale a la de un artrítico utilizando un florete. Cuando les da por cruzarse no hay remedio posible y al final se utilizan a guisa de lanza para ensartar la “tempura”. Con el arroz para qué hablar. Aún no he descubierto el arte de comerlo sin dejar todo perdido a mi alrededor y encontrar granitos hasta dentro de mi sujetador. Siempre hay algún “entendido” cerca de ti que se empeña en darte lecciones. “Tienes que cogerlos así ... poner los dedos asao”. Vale, tío, vale, las instrucciones ya vienen en los dibujos del envoltorio, lo malo es que de la teoría a la práctica existe un paso muy grande. También hay quien pide un tenedor. Hombre, no es eso, si eliminas la lucha con los palillitos la cosa pierde todo su encanto.
En estas cenas multitudinarias siempre se encuentra una de todo. ¿ Qué decir de quien pone ascos a la cosa de comer pescado crudo o algas y cuando llega la fuente con los “sushi”, todos colocaditos, colocaditos que parecen dulces de confitería o el “sashimi” de salmón, atún, pez espada o trucha, lo mira como si las viandas le fueran a comer a él en vez de a la inversa y dice en voz alta eso de que donde esté un buen chuletón de Avila?. No puede faltar quien suelte un rebuzno semejante. Pues vale, no vas a ir a un restaurante oriental para pedir un chuletón de Avila, como tampoco veo como muy procedente acudir a un restaurante castellano para pedir “sashimi”. Cada cosa en su sitio justo. A éstos ni caso que mejor es ignorarles. Como el que oye llover.
De bebida se pide vino, cerveza y agua. Salvo la cerveza que resulta que es japonesa pero que tiene el mismo sabor que cualquier otra, el resto es nacional. Tambien se pide “sake”. Pues, ¿Qué quieres que te diga? Ni “fu”, ni “fa”, la verdad. Las botellitas son monísimas pero ahí queda todo. La única ventaja para mi es que es de las poquísimas bebidas alcohólicas que no se me suben a la cabeza nada mas olerlas.
En cuanto a los postres ¡Ay! Esa es la parte “fea” del asunto. En lo que a mi criterio se refiere no existen postres realmente apetitosos en esta cocina. Claro que tan solo es una opinión. Si acaso el “helado frito”.
Abundan, eso si, los “prefabricados” a base de helados, flanes, crema catalana y demás con toda la sospecha de haber sido comprados en el supermercado de la esquina.
El café todo un atentado para la virginidad. Puro alquitrán. No entienden los orientales muy bien el arte de prepararlo, no. Quizá para hacérselo perdonar, nos invitan a “chupitos” a elegir entre una variada selección de botellas que ponen sobre la mesa. Lluis, mi compañero de la derecha, llena el mío de una botella en cuyo interior un lagarto parece sacarme la lengua. Sabe de sobra que no bebo pues en cuanto huelo el alcohol se me sube a la cabeza, pero llena mi vasito sin pestañear y me lo plantifica bajo las narices. Me da un poco de asquillo, pruebo un sorbo, me atraganto, toso y san se acabó que no quiero mas pese a su insistencia. Me sabe a aguarrás. El “licor de lagarto” dicen que tiene propiedades afrodisíacas, de ahí su empeño en que me lo tome. Hubiera preferido que en vez de restaurantes con kimonos y “sashimi”, hubiéramos tenido una jornada de íntimo encuentro pasional los dos solitos. Sobretodo desde que se enteró que ni mis padres ni mi hermana estaban en casa y que, por tanto, la tendría para mi solita. Sobretodo desde que supo de mi viaje a Barcelona donde daba por hecho que habría estado practicando todas las enseñanzas del Kamasutra con Jordi. Si a alguien tiene un odio visceral, aun sin conocerle, es al pobrecito Jordi. Aún confía en poder tener un buen “fin de fiesta”. Lo siento, amigo Lluis, si me propusieras hacer el amor bajo esta mesa en la que estamos, desafiando todas las miradas indiscretas, seguramente me entusiasmaría la idea por su osadía. No sería posible, claro está, pero me entusiasmaría una idea tan descabellada. ¡Pero una cosa tan, tan, tan vulgar como aprovechar la ausencia familiar ...! Pues casi como que no. Mucho me temo que hoy no sea tu día.
Lluis ha sido como un granito que me hubiera salido ese día. Desde que salí de casa juntitos como siameses. Seguiría igual en el “copeo” de después de cenar, hasta que tuve que decirle “basta”. Es la “versión local” de mi “pretendiente” catalán en lo que concierne de tratar a ultranza de privarme de mi libertad. Si le fuera posible me llevaría encerradita en una cajita con siete candados colgadita de su cuello. Pero esto no es posible ni creo que pueda ser algún día. Se trata de un gran amigo, un excelente amigo. Pero a veces los mejores amigos del mundo se ponen muy, muy, muy pesadines.
En fin, la noche continuó, continuó y continuó. En un principio la idea de salir a cenar era para cinco personas y en una “pizzería”, acabamos siendo dieciocho y en un restaurante oriental. A algunos de los integrantes no les conocía. En el “copeo” posterior nos encontraríamos con nuevas caras que se nos unirían. Posteriormente nos disgregaríamos en grupos cada cual por su lado. Nada del otro mundo. Simplemente una noche de sábado. Pero de esto hace ya una semana, y es que el tiempo pasa, y pasa, y pasa sin sentir.
En esta ocasión el grupo de amigos nos hemos declinado por un restaurante japonés, o japonés-oriental, o quizá oriental a secas que no lo tengo nada claro, la mar de acogedor, la mar de evocador y la mar de todo. Un poco carillo para nuestras economías que dan pena, pero un día es un día a fin de cuentas.
Cuatro camareras, muy monas ellas con sus kimonos y dos camareros con chaqueta roja que no es que tenga gran cosa de oriental, pero bueno, puestos en fila como si se tratara de una revista militar, sonríen e inclinan la cabeza a nuestro paso al tiempo que musitan un “no se qué” en lengua exótica que imaginamos significará “bienvenidos”, “hola” o algo así, aunque lo mismo podría ser “hoy no llueve” o cualquier otra cosa. Respondemos con “buenas tardes” por la cosa esa de decir algo. Evidentemente entienden de español tanto como nosotros de su lengua, así que vuelven a sonreir, dan dos o tres reverencias mas y todos quedamos tan contentos. Se trata del “comité de bienvenida”.
Hace su aparición un nuevo oriental vestido de negro de cabeza a los pies entre nuevas sonrisas y reverencias. Es el “maitre. Damos el nombre de la reserva, “Ramón Calduch”, el otro consulta su libreta y repite satisfecho “Lalon Lalud” ampliando su sonrisa hasta las orejas como si acabara de contar el mejor chiste del mundo. Bueno, pues vale, tanto da “Ramón” que “Lalón” con tal de que nos conduzca a nuestra mesa. Las camareras enkimonadas y camareros enchaquetados desaparecen como por arte de magia . Le seguimos al igual que un grupo de turistas de un viaje organizado siguen al guía. A los tres pasos se detiene y los dieciocho que somos nos agolpamos expectantes tras él.
Una camarera, frágil como una muñequita de porcelana, se acerca corriendo a pequeños pasitos, el “maitre” la dice “algo” que nos resulta incomprensible, ella nos mira, sonríe, hace tres reverencias, nos dedica un pequeño discurso del que no entendemos ni “pum” y, finalmente nos invita a que la sigamos. Los chicos la miran embelesados pues es muy guapa. Ya en la mesa enciende una velitas que hay en su centro, nos hace tres reverencias mas, nos musita entre sonrisas y risitas algo que nuestros oídos perciben como “tichitichitichi” , repite las reverencias y se aleja a pasitos cortitos, cortitos. “Gracias”, “gracias”, “gracias” decimos todos a excepción del “cachondo” del grupo que lo cambia por “¡Qué buena estás!”. Es la encargada de conducirnos hasta la mesa y cumplida su misión no se acercará a nosotros en toda la noche.
Apenas nuestros traseros han tocado el asiento de la silla, surgen de la nada dos orientales, pequeñitos, pequeñitos. Cada cual lleva una montaña de cartas que por la inusitada rapidez con que las reparten colijo que antaño debieron ser tahúres del Mississipi.
Las cartas son curiosísimas, estrechitas y muy largas, tanto que para ver la parte superior hay que bajarlas hasta la cintura. Vienen escritas en algún idioma oriental, con esos signos tan bonitos, y debajo en español, aclarando entre paréntesis de qué consta el plato. Por si queda alguna duda está ilustrada con numerosas fotografías. Es extensísima, cerca de doscientos platos. Cuando llegas al final ya no recuerdas lo que te había llamado la atención del principio. Es muy decorativa, muy bonita de ver, como ya he dicho. Es también todo un lío a la hora de ponernos de acuerdo sobre qué pedir. Cuando llega el sonriente “maitre” dispuesto a tomar nota de lo que quieren los señores en la mesa reina el caos mas absoluto. Unos están tratando de encontrar cierto plato que les llamó la atención en el primer vistazo que dieron a la carta, otros discuten entre pedir no se qué o no se cuantos, hay quién no ha pasado de mirar las fotografías que adornan la carta, también quien trata de descubrir una traducción entre la simbología oriental y las palabras españolas, existen, por último, los que se han enfrascado en una conversación y ni siquiera han abierto la carta de los platos. Si el buen oriental no sale corriendo debe ser debido a su práctica de la filosofía Zen. Con su media lengua insinúa regresar un poco mas tarde para dejarnos pensar un poco mas lo que deseamos. Nos oponemos a ello. Sabemos, por experiencia, que “un poco mas tarde” reinará el mismo caos que “ahora”. Dieciocho personas le hablan a la vez y aunque continúa con su sempiterna sonrisa por la frente se le deslizan gotas de sudor. Guarda la libreta de notas aparentando confiar las indicaciones que se le dice a su memoria. Ha decidido, lisa y llanamente, traernos lo que le venga en gana.
Está todo buenísimo, o al menos, así me lo parece, y lo paso en grande tratando de hacer una pinza con los palillos tratando de coger esos bocaditos pequeñitos, pequeñitos que la mitad de las veces se resbalan a dos centímetros de su destino dejándote con la boca abierta y vacía como si se burlasen de ti. Mi soltura empleando esos utensilios equivale a la de un artrítico utilizando un florete. Cuando les da por cruzarse no hay remedio posible y al final se utilizan a guisa de lanza para ensartar la “tempura”. Con el arroz para qué hablar. Aún no he descubierto el arte de comerlo sin dejar todo perdido a mi alrededor y encontrar granitos hasta dentro de mi sujetador. Siempre hay algún “entendido” cerca de ti que se empeña en darte lecciones. “Tienes que cogerlos así ... poner los dedos asao”. Vale, tío, vale, las instrucciones ya vienen en los dibujos del envoltorio, lo malo es que de la teoría a la práctica existe un paso muy grande. También hay quien pide un tenedor. Hombre, no es eso, si eliminas la lucha con los palillitos la cosa pierde todo su encanto.
En estas cenas multitudinarias siempre se encuentra una de todo. ¿ Qué decir de quien pone ascos a la cosa de comer pescado crudo o algas y cuando llega la fuente con los “sushi”, todos colocaditos, colocaditos que parecen dulces de confitería o el “sashimi” de salmón, atún, pez espada o trucha, lo mira como si las viandas le fueran a comer a él en vez de a la inversa y dice en voz alta eso de que donde esté un buen chuletón de Avila?. No puede faltar quien suelte un rebuzno semejante. Pues vale, no vas a ir a un restaurante oriental para pedir un chuletón de Avila, como tampoco veo como muy procedente acudir a un restaurante castellano para pedir “sashimi”. Cada cosa en su sitio justo. A éstos ni caso que mejor es ignorarles. Como el que oye llover.
De bebida se pide vino, cerveza y agua. Salvo la cerveza que resulta que es japonesa pero que tiene el mismo sabor que cualquier otra, el resto es nacional. Tambien se pide “sake”. Pues, ¿Qué quieres que te diga? Ni “fu”, ni “fa”, la verdad. Las botellitas son monísimas pero ahí queda todo. La única ventaja para mi es que es de las poquísimas bebidas alcohólicas que no se me suben a la cabeza nada mas olerlas.
En cuanto a los postres ¡Ay! Esa es la parte “fea” del asunto. En lo que a mi criterio se refiere no existen postres realmente apetitosos en esta cocina. Claro que tan solo es una opinión. Si acaso el “helado frito”.
Abundan, eso si, los “prefabricados” a base de helados, flanes, crema catalana y demás con toda la sospecha de haber sido comprados en el supermercado de la esquina.
El café todo un atentado para la virginidad. Puro alquitrán. No entienden los orientales muy bien el arte de prepararlo, no. Quizá para hacérselo perdonar, nos invitan a “chupitos” a elegir entre una variada selección de botellas que ponen sobre la mesa. Lluis, mi compañero de la derecha, llena el mío de una botella en cuyo interior un lagarto parece sacarme la lengua. Sabe de sobra que no bebo pues en cuanto huelo el alcohol se me sube a la cabeza, pero llena mi vasito sin pestañear y me lo plantifica bajo las narices. Me da un poco de asquillo, pruebo un sorbo, me atraganto, toso y san se acabó que no quiero mas pese a su insistencia. Me sabe a aguarrás. El “licor de lagarto” dicen que tiene propiedades afrodisíacas, de ahí su empeño en que me lo tome. Hubiera preferido que en vez de restaurantes con kimonos y “sashimi”, hubiéramos tenido una jornada de íntimo encuentro pasional los dos solitos. Sobretodo desde que se enteró que ni mis padres ni mi hermana estaban en casa y que, por tanto, la tendría para mi solita. Sobretodo desde que supo de mi viaje a Barcelona donde daba por hecho que habría estado practicando todas las enseñanzas del Kamasutra con Jordi. Si a alguien tiene un odio visceral, aun sin conocerle, es al pobrecito Jordi. Aún confía en poder tener un buen “fin de fiesta”. Lo siento, amigo Lluis, si me propusieras hacer el amor bajo esta mesa en la que estamos, desafiando todas las miradas indiscretas, seguramente me entusiasmaría la idea por su osadía. No sería posible, claro está, pero me entusiasmaría una idea tan descabellada. ¡Pero una cosa tan, tan, tan vulgar como aprovechar la ausencia familiar ...! Pues casi como que no. Mucho me temo que hoy no sea tu día.
Lluis ha sido como un granito que me hubiera salido ese día. Desde que salí de casa juntitos como siameses. Seguiría igual en el “copeo” de después de cenar, hasta que tuve que decirle “basta”. Es la “versión local” de mi “pretendiente” catalán en lo que concierne de tratar a ultranza de privarme de mi libertad. Si le fuera posible me llevaría encerradita en una cajita con siete candados colgadita de su cuello. Pero esto no es posible ni creo que pueda ser algún día. Se trata de un gran amigo, un excelente amigo. Pero a veces los mejores amigos del mundo se ponen muy, muy, muy pesadines.
En fin, la noche continuó, continuó y continuó. En un principio la idea de salir a cenar era para cinco personas y en una “pizzería”, acabamos siendo dieciocho y en un restaurante oriental. A algunos de los integrantes no les conocía. En el “copeo” posterior nos encontraríamos con nuevas caras que se nos unirían. Posteriormente nos disgregaríamos en grupos cada cual por su lado. Nada del otro mundo. Simplemente una noche de sábado. Pero de esto hace ya una semana, y es que el tiempo pasa, y pasa, y pasa sin sentir.
sábado, 3 de mayo de 2008
DIA DEL TRABAJO, SOL Y PLAYA
SOL (Tomando el Sol)
Día uno de Mayo y fiesta, que es lo que importa. Tiempo despejado con calorcito y todo. Ideal para coger cuatro cosas y pasar una mañana de playa. Una delicia. A mayores mis padres estarán ausentes estos días y otro tanto mi hermana que se va de viaje con su novio y otros cuantos a Cantabria y Asturias. Toda la casa para mi solita haciendo y deshaciendo lo que me venga en gana sin que nadie me moleste. Me encanta estar sola. Cuando ocurra un milagro y tenga dinero suficiente me compraré un apartamento y viviré solita, solita, solita, haciendo mi santa voluntad e invitando a quien se me antoje. No se cuándo va a a suceder eso que por el momento parece que la cosa va para largo y eso que por mi parte pongo mi “granito de arena” haciendo alguna que otra “Primitiva”. De momento todo parecido con emanciparme son ha sido las invitaciones de algún que otro amigo para compartir la vivienda que tiene alquilada.
- “ Sería como si vivieras sola, cada cual haríamos nuestra vida y en paz”
No hijo, no. No sería como si viviera sola. Tras su amable y “desinteresada” invitación lo que realmente pretende es tener a alguien que limpie la casa, haga la comida, lave, planche y le “caliente la cama”.
- “¡Hombre! No es eso...”
Vale, vale. Dejémoslo solo en lo de calentar la cama.
Por la radio están anunciando que las centrales sindicales tienen previstas manifestaciones para exigir que no se rebajen los salarios de los trabajadores. La exigencia es tan obvia que me entra la risa. Es como si en una pertinaz sequía los labriegos hacen una procesión para pedir al santo de turno que les envíe la lluvia. ¡No la van hacer para pedir que continúe sin llover! Cosas de los Sindicatos. Con esto quedan justificados sus sueldos. Manifestación seguida de una buena paellita y hasta el próximo año. También oigo por la radio que cada día se cierran un buen número de empresas y que sus trabajadores se quedan en la calle con una mano delante y otra detrás. Quizá la manifestación sindical debería estar dirigidas a pedir cuentas a los gobernantes por no haber tomado medidas a tiempo para atemperar la crisis económica que tenemos encima, pero como esta cuestión sería muy comprometida para ellos mejor hacerla por lo de los salarios que es un poco como no decir nada.
Playa, playa, playa. Me encanta la playa. El agua está aún demasiado fría como para darse un baño, pero tumbada en la arena al calorcito del Sol se está de maravilla. Según me apetezca encontrarme con conocidos o no voy a una parte u otra que hay para elegir. En este caso me apetece estar sola. Con frecuencia elijo la soledad aunque no siempre la consigo pues ya se sabe que basta que intentes algo para conseguir lo opuesto. Ha habido suerte. Ninguna cara conocida en el pequeño grupito adyacente, la mayor parte, si no todos, inmigrantes. Extiendo la toalla, me despojo del sujetador del bikini, me doy crema solar por los cuatro costados, me calo hasta las orejas la gorrita que llevo para proteger mi cabeza, me tumbo boca abajo y ¡Aaaahhhhh! me sumerjo en un dulce, dulce, dulce estasis. ¡Qué delíciaaaa! Una ráfaga de viento me envuelve en una nube de arena que se pega rabiosamente a mi cuerpo a causa del protector solar. Quedo convertida en una croqueta.
Un niño juega cerca de mi, a su lado su padre, a todas luces magrebí le grita de cuando en cuando palabras incomprensibles para mi en tanto hace un detallado escrutinio de mi cuerpo. Que disfrute de la inspección. Cuando me doy la vuelta tumbándome boca arriba noto, aún sin mirar, que sus pupilas se dilatan como las de un buho. Ya no grita nada al chaval, tan solo mira y mira. Pues vale, vale, lo dicho que disfrute. Mas apartada, una figura envuelta en una especie de túnica blanca de la cabeza a los pies permanece silenciosa. Tan silenciosa que durante algunos instantes pasó totalmente desapercibida para mi. Tan solo deja descubiertas sus manos y una pequeña rendijita en su atuendo a la altura de los ojos. En un instante nuestras miradas se cruzaron y en sus pupilas creí adivinar las de una chica joven, quizá mas joven que yo. Me pregunté qué pensaría viendo a su lado una chica tomando el Sol con toda naturalidad en “topless” mientras que ella, envuelta, envueltísima en ropajes, emulaba a la momia de Tutankamon. Alguien me aseguró, en cierta ocasión en la que surgió el tema, que era cosa de su cultura y que les “gustaba” ir así. Que es cosa de su cultura no lo dudo. Pero las culturas evolucionan actualizándose y rechazando los absurdos de épocas pasadas. En lo de que les “gusta” ¡Ay! Ya tengo yo mis dudas. ¿Por qué no cambiar las tornas? ¿Por qué no ser ella la que en bikini o en traje de baño jugase con el niño en tanto que el morito cubierto, cubiertísimo, con todos los ropajes habidos y por haber permaneciera inmóvil como una estatua cociéndose bajo los rayos del Sol? Seguro que esas “costumbres” no tardarían en cambiar. Lo siento, pero hay cosas que no.
domingo, 27 de abril de 2008
AMOR, ROSAS Y ESPINAS
SOL (Rosas)
Mi incondicional y persistente pretendiente catalán se me ha vuelto a declarar por enésima vez. En esta ocasión el feliz acontecimiento ha tenido lugar en un sitio tan, tan, tan romántico como es la Estación de Sants. La estación de las obras eternas. Sospecho que los obreros deshacen por la noche lo construido durante el día, pues si no no me explico. Los que conozcan el lugar coincidirán conmigo que difícilmente haya otro sitio mas apropiado para un evento de esta naturaleza. Rodeados de riadas de gente que van y vienen, maletas con ruedecitas que cuando no pasan airosas por encima de tus pies chocan contra tu trasero, saludos y despedidas, niños llorando, inmigrantes hablando en todas las lenguas de Babel, mil ruidos de mil procedencias distintas y altavoces anunciando las llegadas y salidas de los trenes en una megafonía semejante al eructo de un ogro malhumorado. ¿Se puede pedir algo mejor? La primera vez no me di ni cuenta de lo que me estaba diciendo. La segunda vez logré captar una palabra de cada tres. Buscamos, como lugar mas tranquilo, un rinconcito en una de las cafeterías. Los anteriores ocupantes de la mesa, que nos tocó en suerte, la habían dejado que asemejaba mas bien el basurero municipal y en la que teníamos colindante a la nuestra un niño berreaba, vete a saber por qué, mientras su desesperada madre intentaba hacerle entrar en razón a gritos. Maravilloso.
Nada nuevo bajo el Sol. Nada que no me hubiera dicho antes. Esta vez traía la lección mas ensayada y con argumentos mas sofisticados, eso si, pero en definitiva el resultado era el mismo. Cuando llegó a la parte esa de vivir solos los dos juntos, juntos, juntos durante toda, toda, toda la vida, durante toda, toda, toda la eternidad, como náufragos en una isla desierta, como Adan y Eva en el Paraíso Terrenal, un escalofrío recorrió mi columna vertebral como si un cubito de hielo se deslizara lentamente sobre ella. Le escuché sonriente con toda la atención y cuando finalizó le di un fuerte beso. No hacían falta palabras, sabía desde un principio que su pretensión era imposible aunque siempre tendría todo mi cariño. Mi amigo exhaló un suspiro. Al menos lo había vuelto a intentar. Los altavoces ya estaban anunciando la salida de mi tren. Al llegar a mi casa me encontré un correo pidiéndome que recapacitara. Al día siguiente otro, prácticamente idéntico al anterior. Pronto volverá sobre el tema. Como ya he dicho es mi pretendiente mas persistente.
Este ha sido el colofón de mi particular “diada de sant Jordi”. El día de la rosa y el libro, El santo de mi amigo. Uno de los mas queridos. También la onomástica de los Gerardos, según el calendario que tenemos en la cocina, aunque esto no venga a cuento que si lo digo es por mera curiosidad. Dentro de mi pequeño equipaje, haciendo compañía a las cuatro cosas necesarias para pasar una noche fuera de casa llevaba una rosa roja como la sangre con un tallo largo, larguísimo y un libro en el que por toda dedicatoria tan solo figuraban las palabras “te quiero”. Escritas con toda la pasión, con todo el sentimiento, con todo el corazón, con toda la amargura, no hacía falta añadir ni una letra mas. Se que son ciertas y me gusta leerlas. Si mi cuerpo pudiera dividirse en varios le regalaría uno de ellos., pero esto es imposible. Pretender que todo mi amor, toda mi ilusión, toda mi alegría, todo mi ser pertenezca a una sola persona en exclusiva es tanto como pretender enjaular al viento. En fin, así son las cosas.
miércoles, 16 de abril de 2008
LA CORDURA DE LA INSENSATEZ
Me ha dicho mi padre, con bastante sorna, que qué sorpresa verme por casa, que me veía mucho mas alta que la última vez y que nada que siga bien y hasta la próxima. Agregó que quizá fuera conveniente que me hiciera una fotografía para que recordasen como soy físicamente y así en las “escalas esporádicas” que hago por casa no me tomen por una “ocupa”. Bueno, tiene toda la razón. Me encanta viajar y a la primera ocasión que se me presenta ya estoy la primera con el equipaje en la mano, pero reconozco que últimamente me he pasado veinte pueblos. Ha sido un ir y venir y no parar. No es que hayan sido viajes de esos de dar la vuelta al Mundo ni nada por el estilo que han sido cosas modestitas, modestitas, pero tan concentradas en algo mas de dos semanas que por casa apenas si aparecía para decir “hola”, “adiós” y, si cuadraba la cosa, pedir algo de dinero para mi economía que la pobrecita no es que haga aguas, es que hace tiempo que se ha ahogado. Por otra parte, como estas “escapadas” han sido en días de diario y los fines de semana entre que salgo, me acuesto tarde, me levanto casi a la hora de comer, vuelvo a salir y todo eso, parece que haya estado ausente ni se sabe, pero lo cierto es que no ha sido para tanto.
Mi hermana, mas categórica, me espetó que ya va siendo hora que “siente la cabeza” y sea “responsable”. Al tiempo me recordó que la debía los cincuenta euros prestados en un momento tonto de debilidad. Uno de esos milagros que no suelen repetirse con mucha frecuencia en la vida. También tiene razón. Todo lo que me sobra a mi de voluble lo tiene ella con creces de sensata. Sensata y aburrida, que todo hay que decirlo. Quizá algún día consiga eso del “asentamiento de la cabeza” y la “responsabilidad”. Algún día, vete tu a saber cuando que hoy por hoy lo único que “asiento” es mi trasero sobre la silla. En cuanto a lo de la “responsabilidad” me da así como un poco de escalofríos solo de pensarlo pues la palabra me suena a una señora seca, enjunta, cara avinagrada, moño y gafas en la punta de la nariz . Prefiero la improvisación. Lo dicho, algún día me convertiré en una mujer seria, sensata y aburrida, pero hasta que llegue ese momento prefiero disfrutar siendo como soy.
La tercera en entrar en liza ha sido mi madre. Mas diplomática, comenzó por preguntarme que qué tal lo había pasado y qué tal mis amigas. Siempre que me ausento digo que voy con unas “amigas”. Así sin especificar mas. Creo que nadie se lo cree pues llevo diciendo lo mismo desde hace años, pero como en casa una norma sacrosanta de siempre es la de no inmiscuirse en la vida de los demás, dan por buena esta respuesta. Acto seguido soltó una andanada bajo la línea de flotación insinuando si no me parecería “interesante” preparar una oposición o similar. Lo de “similar” significa buscar un empleo fijo. Hace tiempo que de cuando en cuando y como el que no quiere la cosa alude a ello. El asunto de la pintura puede ser algo, llamémosle, “curioso”, como distracción para los ratos perdidos, pero no como una “solución” a mi vida, ni a la de nadie. Bueno, este parecer no es algo nuevo ya mi familia siempre ha opinado así y si ha venido disculpando mi inclinación artística ha sido por el doble motivo de mi firme decisión y la confianza de que acabase casándome y, bueno, entre parto y parto y a la espera de que mi marido llegase a casa del trabajo pues bien está que me entretuviera pintando cuados de florecitas como otras mujeres hacen ganchillo. El problema aparece cuando los motivos de mis cuadros no son precisamente de florecitas y cuando se intuye que no solo no tengo ninguna intención de formar pareja estable con nadie, medie el matrimonio o lo que sea, ni de llevar una vida medianamente ordenada.
Mis padres son muy liberales, y como ya he dicho antes no se inmiscuyen en nuestras vidas, pero aún así no verían con malos ojos que mi vida fuera un poquito mas “tradicional”. Mas reposada, vamos. Una solución sería que me atase, si no ya a la cosa del matrimonio, si a un empleo rutinario que me obligara a llevar una vida medianamente “normal”.
Ni que decir tiene que la familia ha estado hablando de mi en mi ausencia. Como no es la primera vez, no me pilla de sorpresa. No me pilla de sorpresa, aunque me irrita. ¿Por qué ese afán que tiene la gente de “normalizar” todo y dar por sentado de que lo que está dentro de la norma, “su” norma, fíjate qué bien y lo que está fuera pues qué espantoso? Sencillamente no lo entiendo. Si tal anormalidad supusiera algún peligro o daño para ellos, lo entendería, pero no suele ser así. Mas bien al contrario, los sujetos, llamémonos, atípicos solemos tener una gran sensibilidad y respeto hacia los demás. Simplemente somos “distintos”. Tenemos un concepto de la vida diferente.
En fin, pensaba hablar sobre mis viajes y al final me he puesto a filosofar.
Mi hermana, mas categórica, me espetó que ya va siendo hora que “siente la cabeza” y sea “responsable”. Al tiempo me recordó que la debía los cincuenta euros prestados en un momento tonto de debilidad. Uno de esos milagros que no suelen repetirse con mucha frecuencia en la vida. También tiene razón. Todo lo que me sobra a mi de voluble lo tiene ella con creces de sensata. Sensata y aburrida, que todo hay que decirlo. Quizá algún día consiga eso del “asentamiento de la cabeza” y la “responsabilidad”. Algún día, vete tu a saber cuando que hoy por hoy lo único que “asiento” es mi trasero sobre la silla. En cuanto a lo de la “responsabilidad” me da así como un poco de escalofríos solo de pensarlo pues la palabra me suena a una señora seca, enjunta, cara avinagrada, moño y gafas en la punta de la nariz . Prefiero la improvisación. Lo dicho, algún día me convertiré en una mujer seria, sensata y aburrida, pero hasta que llegue ese momento prefiero disfrutar siendo como soy.
La tercera en entrar en liza ha sido mi madre. Mas diplomática, comenzó por preguntarme que qué tal lo había pasado y qué tal mis amigas. Siempre que me ausento digo que voy con unas “amigas”. Así sin especificar mas. Creo que nadie se lo cree pues llevo diciendo lo mismo desde hace años, pero como en casa una norma sacrosanta de siempre es la de no inmiscuirse en la vida de los demás, dan por buena esta respuesta. Acto seguido soltó una andanada bajo la línea de flotación insinuando si no me parecería “interesante” preparar una oposición o similar. Lo de “similar” significa buscar un empleo fijo. Hace tiempo que de cuando en cuando y como el que no quiere la cosa alude a ello. El asunto de la pintura puede ser algo, llamémosle, “curioso”, como distracción para los ratos perdidos, pero no como una “solución” a mi vida, ni a la de nadie. Bueno, este parecer no es algo nuevo ya mi familia siempre ha opinado así y si ha venido disculpando mi inclinación artística ha sido por el doble motivo de mi firme decisión y la confianza de que acabase casándome y, bueno, entre parto y parto y a la espera de que mi marido llegase a casa del trabajo pues bien está que me entretuviera pintando cuados de florecitas como otras mujeres hacen ganchillo. El problema aparece cuando los motivos de mis cuadros no son precisamente de florecitas y cuando se intuye que no solo no tengo ninguna intención de formar pareja estable con nadie, medie el matrimonio o lo que sea, ni de llevar una vida medianamente ordenada.
Mis padres son muy liberales, y como ya he dicho antes no se inmiscuyen en nuestras vidas, pero aún así no verían con malos ojos que mi vida fuera un poquito mas “tradicional”. Mas reposada, vamos. Una solución sería que me atase, si no ya a la cosa del matrimonio, si a un empleo rutinario que me obligara a llevar una vida medianamente “normal”.
Ni que decir tiene que la familia ha estado hablando de mi en mi ausencia. Como no es la primera vez, no me pilla de sorpresa. No me pilla de sorpresa, aunque me irrita. ¿Por qué ese afán que tiene la gente de “normalizar” todo y dar por sentado de que lo que está dentro de la norma, “su” norma, fíjate qué bien y lo que está fuera pues qué espantoso? Sencillamente no lo entiendo. Si tal anormalidad supusiera algún peligro o daño para ellos, lo entendería, pero no suele ser así. Mas bien al contrario, los sujetos, llamémonos, atípicos solemos tener una gran sensibilidad y respeto hacia los demás. Simplemente somos “distintos”. Tenemos un concepto de la vida diferente.
En fin, pensaba hablar sobre mis viajes y al final me he puesto a filosofar.
domingo, 23 de marzo de 2008
EL PERRO DEL OCTAVO
SOL (El baño de la ondina)
Mi vecino, el del octavo, tiene un perro. Mira qué bien. No estoy muy versada en razas caninas pero a juzgar por el tamaño debe ser un híbrido entre caballo y perro o elefante y perro. Le saca a pasear y hacer sus necesidades, dos veces al día, por la mañana temprano, justo cuando yo salgo de casa con todo el sueño del mundo y me encuentro ante la “agradable” sorpresa de que el ascensor sube en vez de bajar, y por la noche, cuando, o bien regreso a cenar cansadísima de todo el día o hace un instante que lo he hecho y mi madre me obsequia con esa frase que tanto gusta de por qué no bajas a tirar la basura en un momento aprovechando que aún no te has cambiado. Cuando le baja en el ascensor el animal da unos ladridos que hacen temblar hasta los cimientos del edificio, no a causa del respeto que le pueda imponer el descenso en la cabina ni de la alegría que le inspira el paseíllo cercano, sino de lo mucho que “apura” su dueño el horario establecido para satisfacer sus necesidades. Es como si gritara “¡Mas deprisa que no puedo mas!”. Si a continuación sales a la calle, conviene fijarte bien donde pones los pies pues mas de uno se ha encontrado con la sorpresa de irse patinando a lo largo de toda la acera. Si, por el contrario, estás esperando el ascensor en el portal, hay que procurar refugiarte en una esquina pues si permaneces ante su puerta corres el riesgo de que, al abrirse, ese mastondonte te deje tumbada sobre el suelo y pase sobre ti como un huracán con la mayor indiferencia al tiempo que te obsequia con unos lamidos en la cara. Lo digo por experiencia propia. Es tan grandote como cariñoso. Su dueño también es muy atento. Cuando ocurre algún percance de esos te ayuda a levantarte y, por mas que insistas en que no se moleste, se afana en sacudirte el polvo que pudiera haber cogido tu vestido tanto por la parte trasera como por la delantera. Como ya he dicho, es muy atento.
Compró el perrito, hace unos seis años, para sus hijos, niño y niña, que por entonces tendrían sobre los siete, ocho años de edad. Un juguete mas. Era muy “mono”, pequeñito y como una bolita de algodón. Un encanto. Era muy “mono”, pequeñito y como una bolita de algodón que una semana si y la otra también se pasaba las noches aullando lastimosamente. Desde mi ventana, tres pisos mas abajo, oía quejarse al animalito como si le estuvieran matando. Una maravilla. Sobretodo cuando regresas a casa a las tantas con todo el sueño del mundo sobre ti, deseando pillar la cama, y encuentras que el silencio de la noche se interrumpe en el momento mas insospechado por un “auw, auw, awwww” que te ataca a traición. Si cierras la ventana el sonido se oye menos, pero se oye, y a mayores, si es verano, te pones a sudar como un pato. Ante las caras hoscas de los vecinos que se habían visto obligados a pasar la noche en vela, el propietario del animal disculpaba con cariño a su pertenencia aduciendo que el animalito extrañaba a su madre o que le dolía la tripita. A nadie le importaba lo mas mínimo pero ninguno tuvo la valentía de contestarle lo que realmente pensaban del cachorro, su dueño y de la familia de su dueño, ni a dónde podían ir todos juntos a juicio del vecindario. Esa fue una etapa que, afortunadamente, no duró mucho y ya es historia.
El perrito creció y creció, y cuando parecía que había llegado al límite del crecimiento siguió haciéndolo mas. Ya no era una bolita de algodón sino un aprendiz de “ponney” con una manta de lana. Un aprendiz de “ponney” con una manta de lana que olisqueaba a todo el mundo, se ponía de patas sobre el cuerpo del infortunado de turno y le ponía perdido la cara a lametazos. El dueño emocionado manifestaba que el animalillo era muy cariñoso y, al tiempo, tu pensabas que qué suerte la tuya que tal efusión de cariño te va a suponer volver a casa a cambiarte y a darte una ducha cuando ya vas con retraso. Así son las cosas, cuando algún vecino de una comunidad le da por adquirir un animal, a los convecinos no saben bien la que les ha caído encima.
Hace unos dos años que, el propietario del mastodonte lanudo, se separó de su mujer. Ella se marchó con los dos pequeños y él se quedó con el perro. De haber realizado un “referéndum” comunitario el resultado del reparto hubiera sido bien distinto, pero ya se sabe que en estas cosas de desavenencias conyugales los demás no tienen ni voz ni voto. Desde entonces casi se puede decir que ambos viven como una pareja de hecho. Apenas si se le ve, salvo en las dos consabidas excursiones, mañana y tarde, acompañado de su can y cuando sale y vuelve de su trabajo. Se llama José, es Ingeniero de no se qué, su actividad profesional la desarrolla no se dónde, tiene treinta y tantos, tantos, una calva que le hace parecer un fraile franciscano y ahí se acaba todo lo que sé de su vida y milagros, pues por lo demás es hombre de pocas palabras. “Buenos días”, “buenas noches”, “¡Ay! Déjame que te sacuda los pelos que “Bolita” (es el nombre del perrazo) te ha dejado por todas partes” y poco mas. Tampoco se explaya mucho mas con el resto del vecindario. Como digo de muy poca, poquísimas palabras. Las justitas, medidas con un cuentagotas. Eso si, cuando ve a una chica los ojos le hacen “chiribitas”. Y si esa chica soy yo, se pone colorado hasta en la calva.
De “Bolita” ya he hablado bastante. Queda por indicar el enorme cariño que le inspira mi persona, verme y ponerse como loco es todo uno y ya se sabe de qué manera tan temible manifiestan su efusión estos animalitos. Su dueño me dijo que era señal de que su sexto sentido había percibido mi hondo amor hacia los animales y mostraba así su contento. Me hizo la confidencia poniendo ojitos de carnero degollado. No hijo, no, que las únicas “bicherías” que me atraen son las que lleva pantalones, y no todas. Los animales en general me producen un cierto “repeluz”, procuro ignorarles y pretendo que ellos hagan lo mismo conmigo. Es lo justo. Sobretodo cuando pesan una tonelada y amenazan con dejarte mas chafada que un sello de correos.
Por lo que tengo entendido, para eso de las necesidades fisiológicas, los perros son como un reloj. A tal hora por la mañana, otro tanto por la tarde y sanseacabó. El resto del día pues nada, a esperar que les llegue la hora. Es algo que me maravilla. En el caso de “Bolita” ya he mencionado la mala pata que tengo de coincidir con harta frecuencia en estas dos salidas diarias que hace, tan necesarias como esperadas. El resto del día tranquilita en ese aspecto. Es la ventaja de tener un metabolismo como un reloj suizo. Claro que hasta el mejor de los relojes puede estropearse alguna vez con una infección intestinal que le hace dar las campanadas a deshora.
Imaginemos, por imaginar, que una noche de verano de esas de calor lujurioso que inspiran al desenfreno, hubiese acabado “enrollada” con un chico.
Imaginemos, por imaginar, que a las cinco de la madrugada (¿Pero quién diántres se va a encontrar una a esas horas como no sea a otro trasnochador como yo?) en la oscuridad del portal de mi casa entre besos, caricias y achuchones decidiéramos subir a la azotea para hacer apasionadamente el amor bajo la luz del amanecer.
Imaginemos, por imaginar, que mientras subimos en el ascensor (¿Pero quién diántres va a utilizar el ascensor a esas hora?) los dedos temblorosos de excitación desabrochan botones, descorren cremalleras y despojan de prendas que caen descuidadamente al suelo mientras siguen los besos, achuchones y caricias.
Imaginemos, por imaginar, el colmo de la pasión mientras todo, todo, todo el mundo duerme a excepción de nosotros dos que somos como una pareja de náufragos en una isla desierta .
Y aquí se acaba el imaginar por imaginar.
Fin del sueño. Las puertas del ascensor se abrieron para dar paso a un torbellino lanudo que nos arrojó sobre la pared. Detrás de él, su dueño, con cara de circunstancias y ropa de esa que solo te la pones para estar por casa o para sacar urgentemente a tu perro a las cinco de la mañana, justo en el mejor de tus sueños. Inconscientemente apretó el botón del bajo. Luego se dio cuenta de la situación poniendo unos ojos como platos.
Descenso en continua lucha contra el “Yeti”. Aquello era como el tradicional “camarote de los Hermanos Marx” pero con un dinosaurio peludo dentro. Un dinosaurio peludo tan alegre de encontrar compañía que no cesaba de mostrar su contento repartiendo lametazos a diestro y siniestro sin cesar de moverse un instante. En el suelo quedaba arrebujada y pisoteada mi blusa, junto a un chal, mas por adornar que por su necesidad, y la camisa de mi compañero. Por lo demás en su primera embestida había arrancado de mis brazos el sujetador, que un segundo antes mi compañero había desabrochado, por el expeditivo método de introducir el hocico por el tirante. Lo agitaba como una bandera mientras movía su cabeza en su reparto de lametazos, no sin antes dar un par de dentelladas a sus copas para saber, sin duda alguna, que era “eso”.
¿Se puede pedir algo mas? Pues si. Un desagradable descubrimiento. El perrazo además de lamerte se te subía de patas y ya no era solamente que corrieras el riesgo de morir aplastada es que sus patitas tenían uñas que ¡Arañaban!¡Y de qué manera! Como pude me puse cara a la pared protegiéndome en lo posible son mis brazos y manos. Protegía así mi pecho pero quedaba indemne ante las escaladas que hacía por mi espalda.
Entre el primer piso y la planta baja el ascensor de mi casa da como un meneo. Puede que sea de las guías como dicen algunos, pero la cuestión es que cuando bajas y al llegar a ese punto es como si te agitaran hacia un lado y al otro. Vale. Puede que fuese por el dichoso meneo, por la excitación del momento, por incordiar o porque tenía que ser así, la cuestión es que, por si faltaba algo mas en aquella situación paranoica, el perro rompió en aguas menores y mayores. El pobrecito estaba mal de la tripita. Tenía diarrea. ¡Qué bien! Nos salpico a todos, claro está, al que mas a mi compañero, el que había subido conmigo al ascensor dispuesto a tener una apasionante aventura sentimental y que, al llegar a ese punto, estaba pálido como un muerto hecho una estatua de sal conformándose ahora con salir medianamente vivo del intento.
Al abrirse la puerta del ascensor de la Planta Baja salió “Bolita” disparado hacia la puerta del portal dejando tras él un reguero de liquidillo maloliente. En su hocico aún ondeaba mi sujetador como si fuera una bandera.
Nunca ocho pisos de bajada en ascensor se me habían hecho tan interminables.
En cuanto le abrió la puerta del portal y “Bolita” se perdió en la calle, José volvió hacia nosotros llevando en su mano los restos de un sujetador. Empecé a reaccionar. La situación era patética. Original y todo lo que se quiera, eso si, pero patética.
Mi compañero de romance seguía hecho una estatua de sal preguntándose si estaba en el mas allá o en el mas acá. Cuando irrumpió “Bolita” tenía sus pantalones desabrochados pero tras las correspondientes muestras de cariño que le tocaron en suerte estaban ahora caídos hasta la pantorrilla mostrando en todo su esplendor unos calzoncillos de lunares azules. Por lo demás como ya he indicado que fue el mayor afortunado en el reparto de la evacuación del perro, es fácil imaginar el estado de sus piernas, pantalones y calzado. En fin, decir que su aspecto era lastimoso es quedarse bastante corto.
En cuanto al mío, aunque mas afortunado, tampoco era como para “echar las campanas al vuelo”. Como estaba de espaldas cuando se desató el “desastre” la “tempestad” me atacó por detrás. Notaba mis pantalones con una humedad que prefería no pensar sobre su procedencia. Otro tanto ocurría con mis pies y sandalias. Respecto a las prendas del suelo, preferí no mirarlas siquiera.
El final de la historia es bastante predecible.
José se disculpo, volvió a disculparse y repitió sus disculpas, sin perder ni por un instante de vista mis tetas medio cubiertas con mis brazos cruzados. Se ofreció a lavar la ropa del suelo, la que llevábamos puesta y a prestar ropa a mi amante ocasional frustrado quien poco a poco había vuelto a respirar aunque seguía sin creerse lo que veían sus ojos. Insistió para que subiéramos a su casa a adecentarnos y, en mi caso, para curarme los arañazos de mi espalda que no parecía sino que me hubieran flagelado. Insistió, insistió, insistió. Y volvió a insistir. Creo que nunca le había oído hablar tanto. Tendría también que buscar una fregona para limpiar portal y ascensor antes de que se levantaran los vecinos mas madrugadores y alucinaran con el estropicio. Estaba realmente abochornado. Le di las gracias por su ofrecimiento, declinando su amable invitación. Era preferible subir a mi casita por la escalera antes de que regresara de su paseo el “caballo de Atila”, aunque fuera en “topless” y dejando tras de mi un tufillo mezcla de meaos y mierda de perro.
Mis padres dormían profundamente. Bien, en ese aspecto tranquila que tienen el sueño tan pesado que no les despierta ni un cañonazo. Por otro lado, mi hermana, la mas peligrosa en esas situaciones, no estaba esa noche en casa. Perfecto. Sigilosa como un fantasma evitando hacer el mínimo ruido. Ropa fuera. La que aún conservaba sobre mi cuerpo. Lo primero que haría en cuanto me levantara sería poner una lavadora. Una buena ducha. Fricciones de colonia. La espalda me escocía cosa mala. Si dicen que hay amores que matan el que yo le debía de inspirar a “Bolita” debía ser uno de ellos. Casi como si lo acariciara pasé la fregona por el suelo para eliminar cualquier rastro.
Tumbada desnuda en la cama rememoré los instantes pasados y no pude por menos echarme a reir. Mis amigos dicen que siempre me están pasando cosas “raras”. Tienen razón. Atraigo las situaciones mas inverosímiles como imán al hierro. Pero quizá sea eso lo que de alegría a la vida. La luz del Sol inundaba mi cuarto.
Colofón.
Mi vecino, el propietario del “mastodonte” me hizo llegar mi ropa exquisitamente lavada y planchada, con la mayor discreción. Me hizo ver, de paso, que la idea de una visita nocturno-sentimental a la azotea le había conmovido profundamente. Tartamudeó al insinuármelo y se puso colorado como un tomate, pero me lo insinuó. Vale, tío, pensaré en la idea de crear una agencia que organice visitas nocturno-sentimentales a la azotea. A raiz de entonces pone mayor empeño en sacudir de mi ropa los pelos que me hubiera dejado su perro. Quizá con demasiado empeño.
Si, como ya he dicho, a “Bolita” siempre le he inspirado un enorme cariño, que sinceramente lamento con toda mi alma, a raiz de la odisea se podría decir que se ha enamorado profundamente de mi. Esto es mas que alarmante en un bicharraco de ese tamaño que no cesa de añadir kilos a su cuerpo. Le rehuyo como al Diablo, aunque no siempre lo consigo. Cuando ésto sucede quedo en un estado tal como si me hubieran pateado una manada de hipopótamos bailarines. Cualquier día me tendrán que llevar a urgencias con todos los huesos rotos.
En cuanto a mi amante ocasional frustrado del que ni siquiera he mencionado su nombre, ni a estas alturas pienso hacerlo, pues simplemente pasó a la historia como la aventura de una noche que pudo ser y no fue.
(Dedicado a un amigo virtual madrileño que siempre ha estado insistiendo para que le cuente intimidades mías. No se si llegará a leerlo, claro, pero yo se lo dedico con todo el cariño).
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jueves, 20 de marzo de 2008
¡¡¡ QUE LÍO EL DE MI “BLOG” !!!
Hace ni se sabe que no publico nada en mi “blog”. ¡Póbrecito! Ya no es que no lo lea prácticamente nadie sino que ni siquiera su creadora le hace el mas mínimo caso. Me siento avergonzada. Cuando decidí meterme en todo este asunto del “blog” me hice el firme propósito de escribir “todos” los días aunque tan solo fueran cuatro renglones. Sabía que me estaba engañando de mala manera, pero aún así me lo hice. Desde un principio el “todos los días” quedó transformado en “todas las semanas” Qué se le va hacer. Me cuesta bastante redactar, empiezo mil historias y no acabo ninguna, cuando al fin termino alguna pienso si no será un poco “fuerte” para algún hipotético lector de mentalidad sensible y delicada, o resultará, por el contrario, tan sumamente “ñoña” que al segundo renglón haga ponerse la cara roja de vergüenza ajena. Un lío. Se impone una reflexión.
Veamos. El propósito de mi “blog” es escribir sobre mi misma. Hasta aquí de acuerdo. La cuestión es “cómo” hacerlo. Me explico,
1 – No quiero caer en uno de los clásicos “blogs” personales que tanto abundan a base de contar cosas tan insulsas como,
“ .... ji,ji,ji ...me encontré con menganita y luego con fulanita ... ja, ja ja... también estuve con citano ... je, je, je ... contamos muchos chistes y nos lo pasamos de alucine ... jo, jo, jo ... me compré una blusa y un top ... ju, ju, ju ... el cumple de tal fue divino ...”
Sinceramente estas confidencias no se a quién “diantres” pueden interesar pues hacen bostezar hasta a las lagartijas.
2 – Prefiero centrarme sobre hechos concretos que puedan ofrecer algún interés y que me permitan desarrollar mas ampliamente. Nuevos problemas. ¿Sobre qué centrarme en la narración?
- ¿Solo sobre mi actividad artística? Entonces el “blog” acabaría convirtiéndose en una página de arte y no sobre mi vida. Descartado.
- ¿Solo sobre anécdotas familiares, de amigos, etc etc? No acaba de convencerme. No creo que sea de interés.
- ¿Sobre mi vida amorosa? Hasta ahora nada he escrito sobre ella. Tengo mis dudas, pues al fin y al cabo es una parte muy importante de mi vida. No quisiera, por otro lado, convertir el “blog” en una serie de relatos mas o menos escabrosos. Sin contar, claro está, que alguno de los múltiples amigos que pululean por la Red lleguen por casualidad a mi página, se corra la voz y mi vida privada se convierta en algo de dominio público (siempre he actuado en la Red con el mismo “nick”).
- ¿Sobre mi inclinación esotérica? Bueno, al igual que todas las filosofías no es tanto para contar como para sentir y practicar. Además correría el riesgo de que me tomen por “chiflada”.
Todo un lío. Me gustaría pedir consejo a alguien pero no se me ocurre a quién. Quizá a un cibernutica anónimo caritativo que, despistado, haya llegado leyendo hasta aquí. Lo cual es mucho suponer.
Lo dicho, todo un verdadero lío. Será mejor que lo deje y me vaya a arreglar que no tardarán en venirme a buscar.
Veamos. El propósito de mi “blog” es escribir sobre mi misma. Hasta aquí de acuerdo. La cuestión es “cómo” hacerlo. Me explico,
1 – No quiero caer en uno de los clásicos “blogs” personales que tanto abundan a base de contar cosas tan insulsas como,
“ .... ji,ji,ji ...me encontré con menganita y luego con fulanita ... ja, ja ja... también estuve con citano ... je, je, je ... contamos muchos chistes y nos lo pasamos de alucine ... jo, jo, jo ... me compré una blusa y un top ... ju, ju, ju ... el cumple de tal fue divino ...”
Sinceramente estas confidencias no se a quién “diantres” pueden interesar pues hacen bostezar hasta a las lagartijas.
2 – Prefiero centrarme sobre hechos concretos que puedan ofrecer algún interés y que me permitan desarrollar mas ampliamente. Nuevos problemas. ¿Sobre qué centrarme en la narración?
- ¿Solo sobre mi actividad artística? Entonces el “blog” acabaría convirtiéndose en una página de arte y no sobre mi vida. Descartado.
- ¿Solo sobre anécdotas familiares, de amigos, etc etc? No acaba de convencerme. No creo que sea de interés.
- ¿Sobre mi vida amorosa? Hasta ahora nada he escrito sobre ella. Tengo mis dudas, pues al fin y al cabo es una parte muy importante de mi vida. No quisiera, por otro lado, convertir el “blog” en una serie de relatos mas o menos escabrosos. Sin contar, claro está, que alguno de los múltiples amigos que pululean por la Red lleguen por casualidad a mi página, se corra la voz y mi vida privada se convierta en algo de dominio público (siempre he actuado en la Red con el mismo “nick”).
- ¿Sobre mi inclinación esotérica? Bueno, al igual que todas las filosofías no es tanto para contar como para sentir y practicar. Además correría el riesgo de que me tomen por “chiflada”.
Todo un lío. Me gustaría pedir consejo a alguien pero no se me ocurre a quién. Quizá a un cibernutica anónimo caritativo que, despistado, haya llegado leyendo hasta aquí. Lo cual es mucho suponer.
Lo dicho, todo un verdadero lío. Será mejor que lo deje y me vaya a arreglar que no tardarán en venirme a buscar.
jueves, 6 de marzo de 2008
LAS MODELOS DESNUDAS Y EL ESCÁNDALO DE LAS VACAS
SOL (Angélica)
Sacar el tema de las chicas que hacen de su profesión posar con mas o menos ropa, o ninguna, ponerme a la defensiva hacia lo que se avecina y acabar saltando como una gata a la que han pisado el rabo, es todo uno. Llevo muy mal las críticas pueblerinas, demagógicas, supuestamente moralizantes y con buena dosis de hipocresía, envidia, o simplemente morbosidad que los acomplejados y reprimidos “burricalvos” que nunca pueden faltar en una reunión, acaban soltando como un rebuzno. Llevo muy mal que se infravalore su trabajo, mas duro del que pueda parecer a simple vista para un profano, que se vilipendie a sus protagonistas, se recorte la libertad de las personas en base a unos principios anclados en el pasado, que no tienen mas base que la estrechez de miras, intolerancia y sumisión a ultranza de la mujer y, sobre todo, la poca, poquísima, nula o menos que nula sensibilidad artística de los intolerantes. Lo llevo muy mal, la verdad. Y como todo lo que llevo mal por escapárseme del mas elemental uso de la razón y de la justicia, este tema acaba por ponerme en el disparador.
Hace un par de meses, aproximadamente, fueron dos señoras gordas como balones de playa las que pusieron bajo mis narices la clásica revista de peluquería en la que se publicaban las fotografías de una concejala de Lepe que había decidido posar con mas ropa que con la que vino al Mundo, o si acaso con un pequeño añadido, que mas que tapaba insinuaba, así porque así. Porque le dio la gana que es muy libre, pese a quien pese. Eran las clásicas señoras aburridas de mediana edad que en cuanto ven un grupo de jovencitas se pegan como lapas, no las dejan abrir la boca y, transforman, lo que pretendía ser una agradable velada, en un auténtico rollazo. Y encima se creen simpáticas.
Para completar el trío venían acompañados por el marido de una de ellas. Un señor mas bien bajito, calvete, con bigote y cara de angustia.
Les hice ver la excelencia de las fotografías, el buen tipo de la protagonista y lo estético de sus posturas, desde luego nada chabacanas. Todo inútil. Un desnudo era un desnudo y por tanto inmoral. ¡Ole ahí! Volvemos a la época de Velázquez, cuando el genial sevillano tuvo la desvergüenza de pintar su “Venus del espejo” que hubo que esconder celosamente en el trastero so pena de acabar condenado a arder como una tea por los moralizantes inquisidores. Maravilloso. Dónde está la “inmoralidad”, me lo expliquen. No, no hay explicación, es el no por el no. Así sin mas.
El miedo al desnudo, el pánico al desnudo, el terror al desnudo. La obsesión por el desnudo como fuente “pecaminosa”, mal de todos los males. El desnudo femenino, naturalmente, que el masculino es disculpable. Cuando no consentido.
Abrió la boca el bajito calvete con cara de angustia para afirmar rotundamente que nunca consentiría que su mujer posara de tal guisa. Si acaso sería su señora la que debería decir la última palabra, digo yo. Pero no, él, amo y señor, se consideraba en el mas absoluto de los derechos de decidir sobre las actuaciones de su cónyuge, mientras la esposa y la otra oronda compañera corroboraban sus palabras como papagayos al borde de la histeria declarando que en el jamás de los jamases lo consentirían. Pierdan cuidado esos nobles paladinas de la moralidad y buenas costumbres que me resulta difícil concebir que alguien esté ansioso en fotografiar sus turgencias al aire, so pena que no fuese para una convención sobre Botero o como muestrario para la fábrica de neumáticos Michelín. Y en todo caso, mucho me temo que les sobrarían tanto kilos como años.
Lamentablemente muchos tienen este concepto. La fotografía de una chica (o de un chico, claro está) con poca ropa o, mejor aún, sin ninguna, queda traducida al simple acto de la modelo que se despelota frente a un fotógrafo (o fotógrafa) que distraídamente aprieta el disparador de su maquina. Y eso es todo. ¡Un poco de respeto, por favor! Una cosa es obtener una fotografía mala, malísima, espantosa o, simplemente “cutre”, de una mujer desnuda y otra, pero que muy distinta, es conseguir una obra de arte. En el primer caso, en efecto, basta con apretar el disparador enfocando a la fémina. En el segundo caso el asunto resulta mas complejo.
Interviene, cómo no, el propio fotógrafo como alma de la obra a realizar. No solo debe dominar la técnica fotográfica a la perfección, sino (lo que es mas difícil) poseer un gran sentido artístico y saber compenetrarse con la modelo de forma que con un simple gesto la transmita su idea . La diferencia entre dos ángulos de enfoque con una variación muy pequeña es la de obtener un resultado burdo, simplón y chabacano a la de una obra maestra. No en vano de cien tomas apenas si llega a la docena las aceptables.
Interviene, por supuesto, la propia modelo. No basta con situarse delante de la cámara, ha de saber moverse con soltura, sin tensión y saber captar a la perfección las indicaciones del artista, hacer suyas esas ideas y reflejarlas con sus gestos y ademanes. No debe permitir que la cámara avasalle su intimidad sino que debe ser ella la que domine por completo a la cámara. Esto resulta mas fácil decirlo que lograrlo. Pero, aún mas, el trabajo de la modelo comienza horas antes de la sesión fotográfica, con un exquisito y cuidado maquillaje y peinado.
Si se posa en un estudio de dibujo y pintura el trabajo se simplifica a causa de la inmovilidad, pero esa misma inmovilidad resulta agotadora. A los pocos minutos el cuerpo se siente como atrofiado, músculos y huesos se rebelan y en la planta de los pies se van clavando multitud de invisibles alfileres. Al final de la sesión es como si te hubieran dado una paliza.
Respeto el trabajo de estas mujeres al igual que cualquier otro. Mas aún, lo admiro por su valentía, por su personalidad, por su profesionalidad y sobretodo por lograr convertir su cuerpo en puro Arte.
No señoras mías criticonas resentidas, no recurran a calificaciones de falta de moral. Lo que en el fondo realmente les molesta es la juventud, gracia y figura de la imagen que quisieran cubrir a ser posible con un “burka”. Lo que tienen es, simple y llanamente, pura envidia que las corroe..
Mal que les pese todos permanecemos desnudos desde que nacemos y durante toda la vida. Es lo mas natural. La ropa no es mas que un simple invento añadido.
sábado, 1 de marzo de 2008
CON ESTRELLA Y ESTRELLADOS
SOL (Pelo Rojo)
Mi amiga Luz se va a casar. Vive con su novio desde hace tiempo, pero le hace ilusión toda la parafernalia de estos eventos. La boda se celebrará en Abril del 2.009, dentro de mas de un año, pero ya han comenzado a preparar todo que por lo visto para casarse no vale con el “si quiero” sino que hay que programar la cosa ni se sabe con cuanto tiempo de anticipación. A veces se tarda mas en esa programación previa que lo que dura el matrimonio en si que a los tres días ya están con el divorcio.
Me lo anunció esta misma tarde y me produjo un poco de tristeza pues cada vez que un amigo se casa ya no es la misma relación que hemos tenido antes.
Mi amiga Luz estudia derecho, debería finalizar este año pero no creo que lo haga pues tiene que preparar las oposiciones de auxiliar administrativo cuya plaza lleva ocupando desde hace cerca de un año con un contrato eventual de los de “a dedo”. Cuando apruebe la oposición tendrá plaza y sueldo asegurado para toda la vida. Habrá muchos que compitan con ella por la plaza, pero todos sabemos que está destinada a ella. Los padres de mi amiga son personas muy influyentes y los del novio de mi amiga también. Mas adelante y con la carrera finalizada le sacarán otra plaza mas acorde con sus estudios y, naturalmente, mejor remunerada.
El novio de mi amiga ya es funcionario desde hace mas de un año. También concurrió con muchos en la oposición y también todos sabíamos que la plaza iba a ser para él. Es abogado y ocupa una jefatura con un nombre muy raro pero que debe estar bien pagada.
Mi amiga y su novio se han comprado un piso muy bonito, imagino que con gran ayuda de sus padres que a parte de ser personas influyentes como ya dije, son también adineradas. Ahora lo están amueblando poco a poco pero con todo lujo de detalles.
Él tiene un “audi” regalo de sus padres al finalizar la carrera, pero habitualmente no lo utiliza. Tan solo los fines de semana si se desplazan a algún sitio cercano, si realizan algún viaje y, por supuesto, si asisten a alguna ceremonia. Habitualmente utilizan un “Toyota” de segunda mano que se compró mi amiga a plazos nada mas ser contratada.
En la actualidad, la pareja tiene graves problemas. El principal es decidir dónde ir en viaje de novios que sea un lugar exótico y poco conocido. Otro es el del traje de novia que, aunque hay tiempo, ha empezado a mirar. También han esbozado un borrador con la gente a invitar para que no se les olvide a nadie. Me da muchísima pena verles tan preocupados..
Tendrán una economía desahogada asegurada de por vida. No es que sean especialmente inteligentes ni trabajadores, mas bien al contrario, pero eso es lo de menos. Me alegro sinceramente por ellos. De verdad y de todo corazón. Me alegro por ellos pero, al tiempo, me queda un gusto amargo al pensar en todos aquellos que, con mas capacidad y esfuerzo, estarán condenados a luchar por conseguir simplemente llegar con su sueldo a final de mes, por haber tenido la desgracia de no tener padres “influyentes”.
Son así las cosas.
lunes, 25 de febrero de 2008
ENCUENTRO CON MI "YO"
SOL (DESPERTAR EN EL UNIVERSO)
Hoy ha amanecido un día de esos que lo que menos te apetece es levantarte de la cama. Si acaso, hacerlo para tomarte un chocolate calentito con churros, y de nuevo volver a buscar de un brinco refugio entre las sábanas. Una bruma grisácea oculta por completo el trocito de mar que, entre los bloques de edificios aún puedo ver desde mi ventana. No es mucho pero para mi lo suficiente.
Ayer sin, embargo, hizo un día sorprendentemente bueno. Casi de primavera. Cielo despejado, ni una ráfaga de aire y el mar tranquilo como una balsa. De maravilla.
Por la mañana estuve en la playa. La primera vez que piso su arena en este año. Prácticamente estaba vacía. Toda para mi solita. Si acaso algún paseante en el paseo marítimo, alguno de ellos con su perrito, y nada mas. Una delicia. Me acompañaba el suave susurro de las olas al lamer la arena y los graznidos de una nube de gaviotas revoloteando en un punto no muy lejano de mi. ¿Se puede pedir mas? Buscaba la soledad, el encuentro conmigo misma. Lo buscaba desesperadamente. La vida cotidiana que llevo, ese ir y venir sin parar, los amigos. Vale, vale, agradezco mucho que estén pendientes de mi, que me busquen continuamente. Me encanta su compañía ¿Cómo no? Pero también me encanta rebuscar dentro de mi, encontrar mi propio yo, sumergirme en mi mundo particular, ese mundo particular de cada cual que existe dentro de cada cual. Últimamente me he descuidado bastante, he dedicado todo mi tiempo a los asuntos reales de la vida cotidiana y nada a mi propio yo.
Chandal y deportivos. Un corto paseo enfrascada en mis pensamientos. Las alegrías, pesares, éxitos y fracasos de la vida real. Asuntos banales a fin de cuentas. Ante mi fue apareciendo como retazos de una película todo “mi” Mundo. El Mundo que me ha venido acompañando hasta el presente y que últimamente parecía cambiar a una velocidad de vértigo. Como si de pronto se precipitase. Hasta ahora el tiempo parecía moverse sobre una superficie plana. Los años transcurrían, eso si, pero cada cual permanecía en su sitio con sus gustos, sus aspiraciones y sus manías. Ahora, es como si esa superficie plana hubiera tomado de pronto relieve y, a la vez, se hubiera disgregado en mil pedazos. Mis amigos, las personas que quiero, siguen siendo mis amigos y las personas que quiero, pero ya no ocupan el lugar inamovible de antaño. Muchos han ido buscando su sitio en la vida donde encontrarán otros gustos y aspiraciones, y adquirirán nuevas manías. Seguirán conservando, eso si, su cariño hacia mi, como yo conservaré el mío hacia ellos, pero poco a poco se convertirán en personas distintas a las de mis recuerdos, como yo también cambiaré hacía los suyos. Es lógico, pero no por ello produce una cierta tristeza de melancolía. Yo misma me siento distinta de la de hace un año, y sin embargo de la de hace un año a la de hace cinco no parece haber variación. Me vinieron a la cabeza todos aquellos amigos a los que he tratado de ayudar, con los que me he volcado, a veces hasta el agotamiento, que de pronto parecen haberse esfumado. No es que piense que no se acuerden de mi, simplemente que por pereza o por mejores quehaceres parecen haberse puesto de acuerdo para no dar señales de vida. Tuve como una especie de amargura, pero la rechacé pensando que su mutismo era buena señal que había logrado el fin propuesto que era, a fin y al cabo, que pudieran valerse por si mismos sin mi apoyo. Pero no por ello pude evitar un nubarrón de tristeza. Nos movemos sin darnos cuenta. Estamos en continuo movimiento y solo lo percibimos cuando nos hemos alejado lo suficiente para llevarnos la sorpresa de que lo que creemos que nos rodea y está al alcance de la mano, se encuentra ahora distante. Supongo que es así la vida, un continuo cambio imperceptible.
En el centro de la inmensa playa, sola, como un naufrago en una isla desierta. Primero unos ejercicios de precalentamiento para despertar músculos y articulaciones. Luego, empecé a realizar la sucesión de movimientos del Tai-Chi. Primero en la modalidad de “fuego” ”, a base de golpes rápidos, secos y precisos contra un adversario imaginario. Es la aplicación marcial por excelencia de este arte, pero a la vez sirve para descargar toda la tensión, tanto física como psíquica, acumulada en el interior, y yo tenía necesidad de librarme de un lastre invisible que, sin darme cuenta, se había ido apoderando de mi, amenazando con ahogarme. Me encontraba torpe. Últimamente había descuidado demasiado su práctica. De ser una lucha real no hubiera bloqueado el golpe del contrincante, mi puño tan solo le hubiera acariciado y habría acabado dando tras pies al intentar dar una patada. No importa, de lo que se trata es de descargar toda la negatividad y esta práctica hace milagros. Acabo agotada y han sido tan solo unos minutos. En el Paseo Marítimo se han detenido un par de curiosos.
Unos ejercicios de Chi-Kung para sosegarme y romper la secuencia y continúo con la modalidad del Tai-Chi en “agua”. Es mi preferida. Es como un baile. Aquí predomina la armonía. Los movimientos se enlazan suavemente unos a otros asemejando al ir y venir de las olas del mar. El escéptico que lo mira desde la distancia puede que piense que es una de tantas chaladuras, no así el adepto que sabe muy bien que tras esta especie de danza se oculta algo mucho mas importante como es el cargarse de la energía positiva que nos da la tierra, el mar, el cielo. Todo lo que nos rodea.
Nuevos ejercicios de Chi-Kung y ahora es la modalidad en “tierra” la que inicio. Resulta mas difícil de lo que puede parecer al profano. Los movimientos deben ser lentos. Desesperadamente lentos. Hay que sentir cada músculo, cada articulación. La concentración sobre el propio cuerpo debe ser total. Tan absoluta que todo desaparece a mi alrededor. Suelo realizar este ejercicio con los ojos cerrados y es idóneo para sentirse a si mismo, para reflexionar, para asentar las ideas.
Son ya alrededor de la docena los desocupados que están mirando. Supongo que pensarán que estoy “pirada” o algo así. No importa. Si fuese Verano y me vieran en alguno de los apartados rincones que trato de encontrar para estos quehaceres, sin duda les agradaría mucho mas pues, siempre que es factible, me gusta practicar los ejercicios sin ninguna ropa encima de mi cuerpo. Ya digo que siempre que es factible, lo cual es mucho decir ya que cada vez resulta mas difícil encontrar lugares solitarios. El año pasado, por ejemplo, encontré un sitio ideal en pleno bosque. Un pequeño claro rodeado de árboles al que solo se podía acceder por un angosto pasadizo. De lo mas discreto. Ni un atisbo de vida humana en leguas a la redonda, sólo el trinar de los pájaros, el murmullo de las hojas al moverse con el viento y esos mil ruiditos típicos de tales lugares que no se saben a ciencia cierta a qué son debidos. Como decía, un lugar ideal. Pues bien, en plena postura del “loto” me sacó de mi meditación la desagradable sensación sobre mi cuerpo de dos húmedos hocicos que me olisqueaban . Al abrir los ojos vi ante mi un par de perros que me miraban sorprendidos y cinco metros mas atrás sus propietarios, cazadores a juzgar por la escopeta y atuendo, no menos sorprendidos que sus sabuesos. No era para menos. Darse de narices con una chica desnuda, en el colmo de la abstracción, en un lugar donde lo normal sería hallar un jabalí, un conejo o, si cuadra, una lagartija, no es algo que se dé todos los días. Pero esto ya es otra historia.
Meditación. Me gusta hacerla sentada en la postura del “loto” o echada boca arriba, pero no sería posible por la humedad. Hube de inclinarme por la meditación de pie que recomiendo encarecidamente a cualquier lector que tenga inclinación hacia estas artes, advirtiendo, eso si, que bajo su aparente sencillez encierra una gran dureza. Sus beneficios son increíbles, pero el cuerpo acaba tan dolorido como si le hubieran metido a una en una batidora. Básicamente consiste en caminar muy lentamente, como a cámara lenta, desesperadamente lenta, en un amplio círculo. Toda lentitud que logremos es, aún, demasiado rápida. Y es aquí donde reside su dificultad pues el propio cuerpo tiende a caminar mas “deprisa” para llegar “antes”. Es un absurdo puesto que al caminar en círculo nunca se llegará al final. Según el maestro tailandés que me enseñó esta técnica, “hay que caminar como si se estuviera quieto”. Ya se sabe que los orientales se expresan de una forma que ya, ya. El cuerpo totalmente relajado, la primera vuelta con los ojos entreabiertos para reconocer el camino. A la segunda vuelta suelo cerrar los ojos. En cuerpo deja de sentirse y los movimientos de los pies se hacen inconscientemente. A partir de aquí, y según la habilidad de cada cual, se va entrando en una abstracción mas o menos profunda. Personalmente logro evadirme de toda sensación física, de todo lo que me rodea. Entro en un plano espiritual en el que visualizo una agradable luz azulada. Es como estar en otra dimensión. No hay que pensar en nada. Tampoco hay que luchar contra los pensamientos que llegan como ráfagas, simplemente observarlos con curiosidad e ignorarlos. Tan solo hay que concentrarse en la luz. Cuando se tiene una cierta práctica se llegará hasta una especie de Universo desconocido, totalmente inmaterial, indescriptible, lleno tan solo de sensaciones placenteras. A veces este estado tan solo se consigue durante unos segundos. Poco a poco la consciencia regresará al cuerpo sin que podamos evitarlo. De nuevo sentiremos el aire en nuestro rostro y oiremos los ruidos que nos rodean. Nos sentiremos somnolientos y bastante cansados, pero pronto se pasará. A veces se siente una un poco malhumorada. No importa. Notaremos enseguida que tenemos una gran energía en nuestro interior y que una gran paz nos rodea. En los siguientes días nuestra vida cambiará como por arte de magia, los problemas que antes nos agobiaban dejarán de ser tales y todo nos irá mejor. En fin, esta es mi experiencia que ahora ofrezco a quien desee.
Pasé delante de los inmoviles mirones que había seguido mi actividad. Me miraron en silencio, casi con veneración. Posiblemente no entenderían ni media de lo que habían visto pero se notaba que les había causado un cierto respeto. Me fui caminando hasta casa. Notaba como si caminase por las nubes. Me sentía feliz.
(Domingo, 24/FBR/08)
sábado, 23 de febrero de 2008
MI ESPECIAL DIA DE SAN VALENTIN
Ya pasó la dichosa festividad de San Valentín, a Dios gracias. Menos mal. Ahora ya tranquilita, en este aspecto al menos, hasta el próximo año. Mira que odio estos eventos que tanto parecen gustar a la gente y que no tienen ni pies ni cabeza. ¿Por qué esa manía de buscar “patrones” a diestro y siniestro para cualquier cosa? Por ejemplo, San Cristóbal es el patrón de los automovilistas ¿Alguien conoce una representación siquiera de este santo conduciendo un deportivo? Pues no. Ni montado sobre una bicicleta siquiera. Mas apropiado sería Ben Hur que al menos manejaba su cuadriga que era un gusto. ¿Sabíais que San Antonio Abad aparte de ser el “patrón” de los animales domésticos lo es, nada menos que, de los tejedores de cestos, fabricantes de pinceles, cementerios y carniceros? ¿Qué decir de San Francisco de Asis que no tenía un mal “pingajo” con que cubrir sus carnes como “patrón” de los fabricantes de tela? Suena a ironía, la verdad. ¿Y Santa Teresa de Avila como “patrona” de los agentes de la propiedad? A San Sebastián que siempre nos lo han representado atravesado de flechas como un acerico que le nombren “patrón” de los actores, pues qué queréis que diga. La primera y última actuación la que tuvo. Lo de San Felipe de Neri como “patrón” de los humoristas si que me llamó la atención. Lo imaginé como un tipo “cachondo” que Iría contando chascarrillos a diestro y siniestro y toda la gente revolcándose de risa a su alrededor. Pues no. Era un eremita, serio, calvo y barbudo como debe de ser cualquier eremita que se precie.
En el caso de San Valentín la lógica de su “patronaje” no anda muy a la zaga de los otros. De entrada, sobre su vida se conoce muy poquito. Tan poquito que casi es nada. Meras especulaciones. Dicen que fue un sacerdote que hacia casamientos de “tapadillo” cuando la Iglesia Católica estaba perseguida, hasta que un día le cazaron y pusieron fin a su afición por el expeditivo método de cortarle la cabeza que siempre resulta. También he leído que el tal sacerdote lo que hacía era llevar cartas de una princesa a su amante preso en las mazmorras por orden del rey, padre de la princesa. Al igual que en el caso anterior, acabó su afición de cartero con la cabeza por un lado y el resto del cuerpo por otro, pues cuando se enteró el rey de los devaneos de su hijita y de la complicidad del bueno de Valentín, le hizo poquísima gracia y ya se sabe como las gastaban los monarcas de la época cuando algo les molestaba. No se, la verdad casi que me inclino mas por la tercera versión que ha llegado hasta mi y es la de que se trata de uno de tatos inventos de la Iglesia Católica para suplir y poner fin a una fiesta pagana llamada Lupercalia que se celebraba el día 15 de Febrero. Su ritual era de lo mas simple. Acudían a un lugar determinado las mujeres que no podían tener hijos, o las que querían seguir teniendo la certeza de poder tenerlos, o , simplemente, a las que les daba la gana de ir. Las azotaban con cintas hechas de pieles de animales y acto seguido se ponían hacer el amor como locas. Ocurría entonces el “milagro” que iban buscando, quedando embarazadas. Bien simple. Parece ser que tuvieron muchísimo éxito y estaban concurridísimas.
La Iglesia Católica acabó de raíz con este rito tan popular poniendo en su lugar la festividad de San Valentín y trasladando el evento al día 14, no se muy bien por qué. Pero evidentemente no era lo mismo. De entrada nadie conocía quién era el santo que les llegaba y cuando se preguntaban unos a otros todos se encogían de hombros como diciendo “pues no se...será algún extranjero...algún “enchufadete” de la Santa Sede....¡Vete tu a saber!”. Se imponía una explicación y esa vino a través de los obispos que tampoco habían oído hablar de este buen señor en su vida, con lo que tuvieron que recurrir a su inventiva. El uno dijo lo de las cartas a la princesa que resultaba de lo mas sentimental, el otro lo de los casamientos de “matute” que era de lo mas aleccionador, y así. En lo que todos coincidieron era en asignar su procedencia a un país muy lejano y desconocido. También en que era el “patrón” de los enamorados, precisando, para que nadie se frotase las manos de gusto, que, naturalmente, dentro de los cánones morales marcados por la Santa Madre Iglesia. Evidentemente las cosas no volverían a ser lo mismo.
Sea quien fuere San Valentín, a mi modesto parecer, si de alguien debería ser “patrón” es de las confiterías, floristerías, joyerías y tiendas de “todo a 100” que ahora han pasado a denominarse “de los chinos”. Naturalmente, siempre y cuando en su oferta tengan un porcentaje apreciable de regalos “cursis” y “ñoños”, pues esa es otra. ¿Por qué se da por supuesto que los enamorados viven en el País de “Cursilandia”? Echar un vistazo a los productos que los comerciantes ponen a disposición de las parejas para obsequiarse mutuamente es para ponerse la cara de gallina. Al menos en lo que a mi respecta que, naturalmente, hay gustos para todos.
Y puestos a elucubrar, si se celebra el “día de los enamorados” ¿Por qué “sólo” se hacen regalos a la pareja? ¿Es posible que, en mayor o menor grado, no se esté enamorado de nadie mas? Me resulta difícil concebirlo. Aunque para efectos prácticos mejor dejarlo así. ¿Imaginamos el “mosqueo” del marido si su mujer recibe un ramo de flores del vecino de enfrente con una tarjetita que ponga “de tu enamorado”? Y si es a la inversa para qué hablar. En todo caso debería cambiarse el nombre y pasar a ser el “día de la pareja enamorada”. O quizá mejor, el “día de la pareja” a secas. ¿Y qué ocurre con los que no tenemos pareja? ¡Ay! Aquí hemos puesto en la llaga. Me explico,
El fin de semana anterior a la festividad me llegaron las primeras invitaciones. La primerísima de todas la de Jordi. Se disculpaba por no poder venir a pasarla en mi compañía. No contaba con él así que mejor. Se quedaba apenadísimo. Vale, vale. Sus pensamientos estarían conmigo. Está bien, está bien. Un correo la mar de sentimental. Celebra el día de los enamorados el 23 de Abril que además es su santo, pero no le importa en absoluto volver hacerlo en Febrero, o en cualquier mes, o en cualquier semana. Si no me pusiera enérgica le tendría aquí cada dos por tres. Y si cediese a sus pretensiones viviríamos juntos y así podríamos celebrarlo todos los días. Pues qué bien. No le anda muy a la zaga Lluis que como estuve con él el sábado la invitación la hizo personalmente. Y personalmente la rechacé. Toda una tragedia.
Tengo prohibido que me llamen por teléfono a no ser por un asunto de vida o muerte. Y al decir por “vida o muerte” no significa que cada cual valore ese concepto según su particular interpretación. Significa algo que sea de vital importancia. Les hago saber que al no vivir sola el resto de la familia no tienen por qué aguantar el timbre del teléfono sonando casi de continuo. No voy a presumir haber alcanzado con mi campaña “anti-teléfono” el éxito deseado, pero si un logro bastante importante.
La comunicación con mi persona se desarrolla a través del correo que es un medio útil, sencillo y sobretodo silencioso. Empiezan pues a llegarme e-mails. Al principio unos poquitos. Muchas gracias, pero lo siento, no va a poder ser. Conforme se acerca el día señalado aumenta la correspondencia. Se unen a las nuevas misivas las insistencias de los que ya he contestado rechazando. Nuevas propuestas, nuevas insistencias e insistencias de los insistentes. Nuevas disculpas por los rechazos. Debo hablar en chino o en mongol pues nadie entiende que haya contestado con un “no”. Acaban por dejar a un lado mis recomendaciones y el teléfono empieza a sonar como un loco. Las llamadas se concentran a la hora de comer y, principalmente, a la hora de cenar. Y mucho mas tarde de esa hora. Mi casa se convierte en una especie de cajita de música que acaba por “poner de los nervios” a toda la familia. El día 13 es el disloque padre. Como me lo se, el “truco” consiste en llegar tarde a casa. Cuanto mas tarde mejor. Sé que no me voy a librar de las airadas protestas familiares, como si yo tuviera alguna culpa, pero serán breves pues todos están deseando irse a dormir.
Al llegar a mi casa a mediodía del día 14, el teléfono mas que sonar atronaba. Descolgué. Grite al que estaba al otro lado del hilo sin preguntar siquiera quien era “¡ Gracias pero...!¡¡¡Noooo!!!” y colgué. Antes de dar dos pasos el zumbido del timbre taladraba de nuevo mis oídos. Aquello no podía ser y una, idea de esas que te llegan en los momentos de mas desesperación, pasó por mi mente. Tras contestar, dejé descolgado el teléfono. A grandes males, grandes remedios. De nuevo volvió la tranquilidad a la casa. Una delicia. Ni un molesto timbrazo mientras comíamos. Ni durante toda la tarde. Resultaba como extraño. Parecía un poco como me hubiera quedado sorda.
Fue cuando estaba terminando de arreglarme para salir a cenar cuando se desató la tempestad. El teléfono. El dichoso teléfono que había pasado a la historia en mis pensamientos, era el causante. Ya ves tu, mira por cuanto mi hermana, que tenía previsto celebrar la fiesta cenando con su novio en un restaurante acogedor lleno de velas, cupidos voladores y corazones traspasados por saetas, había estado esperando impaciente una llamada que nunca, nunca, nunca llegaba. Como todo lo que altera lo mas mínimo su relación amorosa alcanza para ella caracteres catastrofistas, empezó a pensar ¡Qué se yo! Que al mozo le había raptado una tribu de ninfómanas locas o que había sido atropellado por un desfile de camiones. Se puso nerviosa (no le hace falta mucho para ello), y del nerviosismo pasó a la histeria (tampoco necesita gran cosa) Cuando, al fin, se dio cuenta del motivo de que al mutismo era que el teléfono estaba descolgado todas las tragedias del Mundo parecieron desatarse de golpe. Gimió y lloriqueó un buen rato y como, naturalmente, según ella, la culpable era yo, preguntó lastimosamente a voz en grito por qué Dios la había castigado tan cruelmente con una hermana que se empeñaba en arruinar su felicidad. Intervino mi padre. Intervino mi madre. Entre ambos lograron calmar su histeria y convencerla para que hiciese lo primero que tenía que haber hecho que era telefonear a su amado. Oir su voz, calmarse y aparecer en su cara esa sonrisa de estupidez que tienen los amantes cuando están en el Séptimo Cielo fue todo uno. Claro que en cuanto colgó el teléfono clavó sus ojos en mi, jurando tomar las mas crueles represalias que se le ocurrieran.
Celebré San Valentín cenando con mi amigo Manel en un restaurante modestito pero acogedor, luego estuvimos hablando largamente en una cafetería. Desde que le conocí todos los días sin excepción recibo un correo suyo. Me habla de sus recuerdos, de las pequeñas cosas de su vida cotidiana, de sus añoranzas, de su hijo. A veces de cosas tan simples como del tiempo que está haciendo. De sus achaques. De la esperanza que ha vuelto a encontrar al final de su vida. Alguna vez me envía poesías que me dedica. “El día que no recibas carta mía será señal de que algo me ha ocurrido”, me escribió en cierta ocasión. No espera que yo le conteste, aunque cuando lo hago se pone muy contento. Se conforma con saber que hay alguien en quien confiar, que ya no está solo. Manel ronda los setenta años y hace seis que perdió a su mujer y con ella toda la ilusión por la vida. Fui yo quien le propuso ser mi acompañante en este día y en su contestación mostrando su extrañeza, pero aceptando, me confesó que se había emocionado. Aquélla noche le vi sonreir y en su mirada gris brillar un rayo de felicidad. Le acompañé hasta el portal de su casa. Al despedirnos cogió mis manos entre las suyas y una nube empañó sus ojos. Me dio las gracias agregando que era su “hada buena”.
- “En eso te equivocas que en realidad soy una bruja. Pero no hagas mucho caso ¿Sabes? Hadas y brujas son la misma cosa”.
Aquella noche tardé bastante en conciliar el sueño y, aunque no me lo ha dicho, creo a él le ocurrió lo mismo. Me sentía feliz. Muy feliz. Creo que si hay un día para el amor, la mejor manera de celebrarlo es dando todo nuestro cariño a quien mas lo necesita.
En el caso de San Valentín la lógica de su “patronaje” no anda muy a la zaga de los otros. De entrada, sobre su vida se conoce muy poquito. Tan poquito que casi es nada. Meras especulaciones. Dicen que fue un sacerdote que hacia casamientos de “tapadillo” cuando la Iglesia Católica estaba perseguida, hasta que un día le cazaron y pusieron fin a su afición por el expeditivo método de cortarle la cabeza que siempre resulta. También he leído que el tal sacerdote lo que hacía era llevar cartas de una princesa a su amante preso en las mazmorras por orden del rey, padre de la princesa. Al igual que en el caso anterior, acabó su afición de cartero con la cabeza por un lado y el resto del cuerpo por otro, pues cuando se enteró el rey de los devaneos de su hijita y de la complicidad del bueno de Valentín, le hizo poquísima gracia y ya se sabe como las gastaban los monarcas de la época cuando algo les molestaba. No se, la verdad casi que me inclino mas por la tercera versión que ha llegado hasta mi y es la de que se trata de uno de tatos inventos de la Iglesia Católica para suplir y poner fin a una fiesta pagana llamada Lupercalia que se celebraba el día 15 de Febrero. Su ritual era de lo mas simple. Acudían a un lugar determinado las mujeres que no podían tener hijos, o las que querían seguir teniendo la certeza de poder tenerlos, o , simplemente, a las que les daba la gana de ir. Las azotaban con cintas hechas de pieles de animales y acto seguido se ponían hacer el amor como locas. Ocurría entonces el “milagro” que iban buscando, quedando embarazadas. Bien simple. Parece ser que tuvieron muchísimo éxito y estaban concurridísimas.
La Iglesia Católica acabó de raíz con este rito tan popular poniendo en su lugar la festividad de San Valentín y trasladando el evento al día 14, no se muy bien por qué. Pero evidentemente no era lo mismo. De entrada nadie conocía quién era el santo que les llegaba y cuando se preguntaban unos a otros todos se encogían de hombros como diciendo “pues no se...será algún extranjero...algún “enchufadete” de la Santa Sede....¡Vete tu a saber!”. Se imponía una explicación y esa vino a través de los obispos que tampoco habían oído hablar de este buen señor en su vida, con lo que tuvieron que recurrir a su inventiva. El uno dijo lo de las cartas a la princesa que resultaba de lo mas sentimental, el otro lo de los casamientos de “matute” que era de lo mas aleccionador, y así. En lo que todos coincidieron era en asignar su procedencia a un país muy lejano y desconocido. También en que era el “patrón” de los enamorados, precisando, para que nadie se frotase las manos de gusto, que, naturalmente, dentro de los cánones morales marcados por la Santa Madre Iglesia. Evidentemente las cosas no volverían a ser lo mismo.
Sea quien fuere San Valentín, a mi modesto parecer, si de alguien debería ser “patrón” es de las confiterías, floristerías, joyerías y tiendas de “todo a 100” que ahora han pasado a denominarse “de los chinos”. Naturalmente, siempre y cuando en su oferta tengan un porcentaje apreciable de regalos “cursis” y “ñoños”, pues esa es otra. ¿Por qué se da por supuesto que los enamorados viven en el País de “Cursilandia”? Echar un vistazo a los productos que los comerciantes ponen a disposición de las parejas para obsequiarse mutuamente es para ponerse la cara de gallina. Al menos en lo que a mi respecta que, naturalmente, hay gustos para todos.
Y puestos a elucubrar, si se celebra el “día de los enamorados” ¿Por qué “sólo” se hacen regalos a la pareja? ¿Es posible que, en mayor o menor grado, no se esté enamorado de nadie mas? Me resulta difícil concebirlo. Aunque para efectos prácticos mejor dejarlo así. ¿Imaginamos el “mosqueo” del marido si su mujer recibe un ramo de flores del vecino de enfrente con una tarjetita que ponga “de tu enamorado”? Y si es a la inversa para qué hablar. En todo caso debería cambiarse el nombre y pasar a ser el “día de la pareja enamorada”. O quizá mejor, el “día de la pareja” a secas. ¿Y qué ocurre con los que no tenemos pareja? ¡Ay! Aquí hemos puesto en la llaga. Me explico,
El fin de semana anterior a la festividad me llegaron las primeras invitaciones. La primerísima de todas la de Jordi. Se disculpaba por no poder venir a pasarla en mi compañía. No contaba con él así que mejor. Se quedaba apenadísimo. Vale, vale. Sus pensamientos estarían conmigo. Está bien, está bien. Un correo la mar de sentimental. Celebra el día de los enamorados el 23 de Abril que además es su santo, pero no le importa en absoluto volver hacerlo en Febrero, o en cualquier mes, o en cualquier semana. Si no me pusiera enérgica le tendría aquí cada dos por tres. Y si cediese a sus pretensiones viviríamos juntos y así podríamos celebrarlo todos los días. Pues qué bien. No le anda muy a la zaga Lluis que como estuve con él el sábado la invitación la hizo personalmente. Y personalmente la rechacé. Toda una tragedia.
Tengo prohibido que me llamen por teléfono a no ser por un asunto de vida o muerte. Y al decir por “vida o muerte” no significa que cada cual valore ese concepto según su particular interpretación. Significa algo que sea de vital importancia. Les hago saber que al no vivir sola el resto de la familia no tienen por qué aguantar el timbre del teléfono sonando casi de continuo. No voy a presumir haber alcanzado con mi campaña “anti-teléfono” el éxito deseado, pero si un logro bastante importante.
La comunicación con mi persona se desarrolla a través del correo que es un medio útil, sencillo y sobretodo silencioso. Empiezan pues a llegarme e-mails. Al principio unos poquitos. Muchas gracias, pero lo siento, no va a poder ser. Conforme se acerca el día señalado aumenta la correspondencia. Se unen a las nuevas misivas las insistencias de los que ya he contestado rechazando. Nuevas propuestas, nuevas insistencias e insistencias de los insistentes. Nuevas disculpas por los rechazos. Debo hablar en chino o en mongol pues nadie entiende que haya contestado con un “no”. Acaban por dejar a un lado mis recomendaciones y el teléfono empieza a sonar como un loco. Las llamadas se concentran a la hora de comer y, principalmente, a la hora de cenar. Y mucho mas tarde de esa hora. Mi casa se convierte en una especie de cajita de música que acaba por “poner de los nervios” a toda la familia. El día 13 es el disloque padre. Como me lo se, el “truco” consiste en llegar tarde a casa. Cuanto mas tarde mejor. Sé que no me voy a librar de las airadas protestas familiares, como si yo tuviera alguna culpa, pero serán breves pues todos están deseando irse a dormir.
Al llegar a mi casa a mediodía del día 14, el teléfono mas que sonar atronaba. Descolgué. Grite al que estaba al otro lado del hilo sin preguntar siquiera quien era “¡ Gracias pero...!¡¡¡Noooo!!!” y colgué. Antes de dar dos pasos el zumbido del timbre taladraba de nuevo mis oídos. Aquello no podía ser y una, idea de esas que te llegan en los momentos de mas desesperación, pasó por mi mente. Tras contestar, dejé descolgado el teléfono. A grandes males, grandes remedios. De nuevo volvió la tranquilidad a la casa. Una delicia. Ni un molesto timbrazo mientras comíamos. Ni durante toda la tarde. Resultaba como extraño. Parecía un poco como me hubiera quedado sorda.
Fue cuando estaba terminando de arreglarme para salir a cenar cuando se desató la tempestad. El teléfono. El dichoso teléfono que había pasado a la historia en mis pensamientos, era el causante. Ya ves tu, mira por cuanto mi hermana, que tenía previsto celebrar la fiesta cenando con su novio en un restaurante acogedor lleno de velas, cupidos voladores y corazones traspasados por saetas, había estado esperando impaciente una llamada que nunca, nunca, nunca llegaba. Como todo lo que altera lo mas mínimo su relación amorosa alcanza para ella caracteres catastrofistas, empezó a pensar ¡Qué se yo! Que al mozo le había raptado una tribu de ninfómanas locas o que había sido atropellado por un desfile de camiones. Se puso nerviosa (no le hace falta mucho para ello), y del nerviosismo pasó a la histeria (tampoco necesita gran cosa) Cuando, al fin, se dio cuenta del motivo de que al mutismo era que el teléfono estaba descolgado todas las tragedias del Mundo parecieron desatarse de golpe. Gimió y lloriqueó un buen rato y como, naturalmente, según ella, la culpable era yo, preguntó lastimosamente a voz en grito por qué Dios la había castigado tan cruelmente con una hermana que se empeñaba en arruinar su felicidad. Intervino mi padre. Intervino mi madre. Entre ambos lograron calmar su histeria y convencerla para que hiciese lo primero que tenía que haber hecho que era telefonear a su amado. Oir su voz, calmarse y aparecer en su cara esa sonrisa de estupidez que tienen los amantes cuando están en el Séptimo Cielo fue todo uno. Claro que en cuanto colgó el teléfono clavó sus ojos en mi, jurando tomar las mas crueles represalias que se le ocurrieran.
Celebré San Valentín cenando con mi amigo Manel en un restaurante modestito pero acogedor, luego estuvimos hablando largamente en una cafetería. Desde que le conocí todos los días sin excepción recibo un correo suyo. Me habla de sus recuerdos, de las pequeñas cosas de su vida cotidiana, de sus añoranzas, de su hijo. A veces de cosas tan simples como del tiempo que está haciendo. De sus achaques. De la esperanza que ha vuelto a encontrar al final de su vida. Alguna vez me envía poesías que me dedica. “El día que no recibas carta mía será señal de que algo me ha ocurrido”, me escribió en cierta ocasión. No espera que yo le conteste, aunque cuando lo hago se pone muy contento. Se conforma con saber que hay alguien en quien confiar, que ya no está solo. Manel ronda los setenta años y hace seis que perdió a su mujer y con ella toda la ilusión por la vida. Fui yo quien le propuso ser mi acompañante en este día y en su contestación mostrando su extrañeza, pero aceptando, me confesó que se había emocionado. Aquélla noche le vi sonreir y en su mirada gris brillar un rayo de felicidad. Le acompañé hasta el portal de su casa. Al despedirnos cogió mis manos entre las suyas y una nube empañó sus ojos. Me dio las gracias agregando que era su “hada buena”.
- “En eso te equivocas que en realidad soy una bruja. Pero no hagas mucho caso ¿Sabes? Hadas y brujas son la misma cosa”.
Aquella noche tardé bastante en conciliar el sueño y, aunque no me lo ha dicho, creo a él le ocurrió lo mismo. Me sentía feliz. Muy feliz. Creo que si hay un día para el amor, la mejor manera de celebrarlo es dando todo nuestro cariño a quien mas lo necesita.
sábado, 2 de febrero de 2008
INSPIRACIÓN ARTÍSTICA Y CAFÉ CON LECHE:
Sol (bailarina florida)
Entrar en la casa que tenemos alquilada como Estudio es como hacerlo en la de los “soplidos”. Está tan decrépita y tiene tantas grietas, rendijas, ventanas que no ajustan y, en general, un conjunto de elementos constructivos que parecen caerse solo de mirarlos que hasta cuando hay una calma chicha, existen en ella corrientes de aire. En Verano hasta es de agradecer esta particularidad pues te refresca un poquillo, pero en Invierno la cosa cambia que es un gusto pues no parece sino que unos cuchillos de hielo te estén esperando a que pongas un pié dentro para clavarse en tu cuerpo. Tenemos dos estufas eléctricas, que mas bien son una y media ya que la segunda calienta tan poquito, tan poquito que casi se puede decir que solo sirve para adornar. No es pues de extrañar que, así como cuando hace buen tiempo aquel lugar bulle de animación, cuando las temperaturas descienden peligrosamente hasta convertirlo en una especie de sucursal de Siberia y haya que pensárselo dos, tres y hasta cinco veces antes de decidirse a meter las narices en una nevera, la casa simula a la de los “espíritus”, pues raro es que cualquier ser humano aparezca por allí. Las visitas que hacemos cualquiera de nosotros en estas circunstancias, son, por consiguiente, ocasionales y el tiempo justito antes de que se terminen de agarrotar los dedos y convertirse los pies en dos helados de vainilla.
El truco consiste en, entrar en la casa, correr escaleras arriba hasta el salón, enchufar las estufas a toda celeridad y desaparecer, como si te persiguiera el Diablo, al bar cercano donde se puede tomar un café calentito mientras se espera, con toda la calma, paciencia y optimismo del Mundo, que el ambiente se haya caldeado mínimamente a nuestro regreso. No es que se consiga gran cosa, la verdad. Si permaneces pegadita a la estufa que mas calienta, aún aún, pero en el momento que te separas de ella sin darte cuenta te vas quedando tiesa, hasta que tiritando de frío vuelves a acudir al cálido refugio del Bar donde, ni que decir tiene, somos viejos conocidos, o mas bien debería decir que entramos en la categoría de clientes habituales de esos que dan un cierto sabor a estos locales. Están los que acuden con puntualidad germánica a una hora determinada a tomar su café, los que se dejan caer por allí, de 9,30 a 10 de la mañana, para la cosa del almuerzo, el que va para hablar aunque nadie le haga caso, el borrachín que apura su vaso y hasta el tercer intento no acierta con la puerta de salida y nosotros somos... ¿Los “chiflados”, quizá? Si no tanto, si los que dan una nota de originalidad al local.
Recién finalizadas las pasadas vacaciones navideñas me acerqué una tarde por el Estudio, mas por la cosa de dar una vuelta por allá que hacía tiempo que no iba que otra cosa. Lo que se dice asomar las narices, echar un vistazo y marchar que la temperatura reinante y el airecillo frío que parecía que te iba a llevar volando no se prestaba a mayor dilación. Al aproximarme a la casa las luces encendidas me hicieron comprender que alguno de mis compañeros había tenido la misma idea que yo, lo que no me podía imaginar era la sorpresa que me esperaba en el interior.
El “maremagnum” de muebles, caballetes, pintura y utensilios varios que reinaba habitualmente en el salon, había sido vaciado, en lo posible, de éste al pasillo y las otras estancias a fin de dejar una amplia superficie libre para asentar un gran lienzo sobre el que bailoteaba Vicent con un bote de pintura en cada mano cuyos contenidos iba vertiendo descuidadamente como con espasmos. Se paraba a observar el resultado, extendía la pintura con sus pies desnudos o con la ayuda de la escoba (uno de los poquísimos utensilios de limpieza que poseíamos), volvía a contemplar la obra, intercambiaba los botes por otros de los que se alineaban alrededor del lienzo para hacer con ellos la misma operación, echaba puñados de arena de playa, de nuevo la contemplación y la extensión del vertido con los pies o la escoba. Cada poco corría estremeciéndose de frío junto a la estufa, para, casi al instante, volver a reanudar la faena. Ofrecía una vista de lo mas peculiar. Sobre sus hombros, a guisa de capa, una bata que en su origen debió de ser blanca y que en el momento presentaba una mezcla de colores sobre un fondo sucio. La utilizaba, parte, para abrigarse, parte para limpiar en ella sus manos, pies o lo que fuera menester y cada dos por tres resbalaba por sus hombros hasta el suelo, para mezclarse con el mejunje existente ante su total indiferencia. Cuando esto ocurría dejaba bien visible que salvo su ropa interior, calzoncillos y camiseta, no cubría su cuerpo ninguna otra prenda de abrigo, a no ser que se contaran los churretones de pintura que tenía desde la cabeza hasta los pies y que algo abrigarían, digo yo. De ahí los espasmos con que vertía la pintura.
Todo tenía explicación en un “golpe de inspiración” repentina en el que no cabía tiempo que perder en ir en busca de prendas viejas con que cubrirse sin miedo que se estropearan con la pintura.
Tal era su abstracción que hasta pasados unos largos minutos no se percató de mi presencia. Cuando se acercó hacia mi, esa especie de muestrario de pintura andante, señalando con un gesto de orgullo su obra e inquiriendo mi parecer, le felicité efusivamente diciéndole que nunca hubiera podido imaginar que aquel lugar que habitualmente parecía un basurero lograra transformarlo él solito en una verdadera pocilga.
También insinué que el pingajo que tan pronto cubría sus hombros como utilizaba para fines varios me recordaba vagamente a una bata de mi pertenencia que aunque sucia y bastante estropeada hacía mi avío.
Navegando, como estaba, en la nube divina de la inspiración pasó por alto mis sarcasmos para dedicarme un verdadero torrente de ideas sobre su nueva tendencia pictórica.
Vicente, había “redescubierto” últimamente las excelencias del Expresionismo Abstracto. Si antaño estas tendencias las había pasado por alto, al tenerlas nuevamente ante si quedó alucinado por ellas absorbiéndole de tal modo que toda su obra anterior la consideraba simplemente como basura. Alabó, como si una oración se tratase, las excelencias de Kooning, Gorky, Basquiet. Especialmente a Pollock con su obra a base de corretear y danzar alrededor y dentro del lienzo derramando al tiempo sobre él gotas y chorros de pintura, en lo que se conoce como “Dripping”
Todo eso estaba pero que muy bien, pero le hice ver que los pintores mencionados disponían para su uso exclusivo de grandes estudios en los que poder desarrollar a sus anchas todas sus fantasías pictóricas sin dar la lata a nadie y no como en nuestro caso que el espacio es tan escaso que desarrollar una obra como la presente implicaba que los demás nos veíamos abocados a no desarrollar ninguna, so pena que plantáramos nuestros caballetes en mitad de la calle. Lo comprendió, naturalmente, asegurándome que este era un hecho episódico ya que para sus siguientes composiciones tenía pensado hacer uso de la azotea, lo cual si que me dejó boquiabierta pues con el frío reinante correteando por la azotea de aquélla guisa constituiría algo digno de no perderse.
- “ Pues ya me dirás cuándo lo harás en la azotea para cobrar entrada a los vecinos por el espectáculo “.
A duras penas logré que se vistiera y llevarle tiritando hasta el Bar, refugio de nuestros fríos y como el calentador de la ducha hacía meses que estaba estropeado y solo de pensarlo la alternativa de ducharse con agua fría le hizo gemir de angustia, tuvo que ir tal cual., esto es, con pelo y cara tintado de mil colores semejando a un piel roja “hippie” con sus pinturas de guerra.
Su entrada en el local ni que decir tiene que causó una gran expectación entre los asistentes, todos del sexo masculino. Cesaron las conversaciones y todas las miradas siguieron como hipnotizadas a la extraña pareja que hacía su aparición. Siempre hemos solido despertar una cierta curiosidad, la verdad, pero en este caso el mechón tiznado de naranja, los churretones, azules y amarillos, que caían desde su frente hasta la mejilla derecha tapando parcialmente su ojo, la mancha verde de la nariz y la rojiza de su barbilla, y esas manos donde parecían haberse refugiado todos los colores de Arco Iris, le daban un aspecto de asistente fiesta de “Halloween” o de fugado de un psiquiátrico. Despertamos la lógica curiosidad, como ya he dicho, las miradas nos acompañaron, las orejas se amontonaron sobre la mesa que ocupamos y los ocho o diez parroquianos junto con el camarero permanecieron inmóviles anhelantes y Vicente no les defraudó.
Tras dos cafés con leche empezó a reaccionar. Su rostro, pálido como la cera, fue adquiriendo un tono rosáceo hasta tornarse en rojizo, como una manzana madura.
- “Creo que tengo fiebre”
- “Otra cosa me extrañaría. Deberías ir a tu casa y acostarte”
Pero puesto ya el pié en el acelerador artístico no estaba para consejos sobre algo tan prosaico como la salud. Bien a causa de su “fiebre artística”, bien por la propia del resfriado, posiblemente por ambas a la vez, volvió a disertar con el mayor énfasis sobre las excelencias de su nueva tendencia pictórica. No se dirigía particularmente ni a mi ni a los presentes, sino a un público imaginario y su tono era lo suficientemente elevado como para hacerse escuchar en un local cuatro mas veces mas grande. Los oyentes escucharon nombres que no habían oído en su vida e ideas que, a juzgar por los guiños de complicidad, les parecían, cuando menos, estrafalarias. En un momento dado pidió mi parecer sobre la conveniencia de utilizar algún animal con las patas tintadas moviéndose libremente por el lienzo. Esto provocó alguna risita rápidamente acallada para no perderse sus palabras.
- “ Un gato o un perro... quizá una cabra ....” – Me eché a temblar.
- “ A la vista de lo que he visto creo que lo mas apropiado sería un cerdo”
Vicent es un gran pintor. La vida para él tiene dos únicas finalidades, el sexo y la pintura. Así de sencillo y por este orden. Aunque, en lo posible, no tienen por qué ir por separado. Como sus requerimientos hacia el sexo opuesto suelen fracasar estrepitosamente se queda únicamente en pintor, resignándo los placeres eróticos a los límites estrictos de su imaginación que, dicho sea de paso, es muy extensa. No fue de extrañar que de los animalitos correteando con sus patitas tintadas, y puesto que la filosofía de su obra residía en expresar los sentimientos mas íntimos y ocultos del artista, acabara exponiendo una feliz idea que hizo estremecer de emoción a los oyentes.
- “.... Un gran lienzo blanco y sobre él hacer el amor con una mujer ... los dos con todo el cuerpo untado de pinturas de diversos colores, bien espesas, como si fueran alquitrán... revolcándonos sobre el lienzo y de cuando en cuando echando sobre nuestros cuerpos mas pintura ... podrían incorporarse otros elementos como arena, talco, serrín ... naturalmente algún tipo de cola ... a cada movimiento se irían marcando nuestras sensaciones, nuestro “yo” mas íntimo...”
Los oyentes asemejaban una colección de rodajas de sandía con esas sonrisas que les llegaban de una a otra oreja. Alguna que otra exclamación de apoyo animándole a continuar y todos los ojos cargados de picardía puestos en mi.
- “¡Estoy segura que con una idea tan romántica, tan romántica, como la que estás describiendo no te van a faltar candidatas!”
El camarero nos obsequió con dos “chupitos”, uno de aguardiente para mi compañero y otro de licor de manzana o algo así que puso ante mi. Vicent bebió ambos de un trago, se atragantó, tosió y siguió con una disertación que a mi me resultaba tan interminable como interesante al resto. Algún que otro empezó a participar esporádicamente en la conversación aportando ideas siempre sin salirse de lo de “hacer el amor” y el “revolcón”. Reían y me escrutaban de arriba abajo como si me quisieran desnudar.
- “ A la obra la titularía El “Polvo” Cósmico”
Todo el mundo aulló de emoción.
A trancas y barrancas logré arrancarle de su asiento. Nos despidieron efusivamente como a héroes. A Vicent poco faltó para que le ovacionasen. En cuanto a mi, recibí una lluvia de sonrisas cómplices que venían a significar algo así como que ya contaríamos qué tal nos había ido con el asunto de los cuerpos embadurnados, los “revolcones” y demás, ya que todos daban por sentado que íbamos a poner en práctica sus ideas sin mas dilación.
Le acompañé hasta su casa, en parte para asegurarme que ese era su destino y no el de nuestro Estudio, y en parte porque andaba como si estuviera borracho, aunque. Eso si, iba feliz.
- “ De modo que “El “Polvo” Cósmico” ¿Eh? Pues a lo que llevas encima bien lo podrás titular “La Gripe Atómica”
Y no me equivoqué en lo mas mínimo.
En fin, cuando termino de escribir esta pequeña anécdota ya es historia. El Estudio ha vuelto a tener su orden (o quizá debería decir, desorden) habitual. Aprovechamos el revuelo que había organizado nuestro compañero para hacer un poco de limpieza y hacer algo de orden. Antes, naturalmente, finalizó su cuadro que en principio tituló “mujer ardiente dentro del caos”, aunque no creo que sea su título definitivo. De momento lo tiene guardado en la parte baja de la casita y se ha resignado a acometer obras de tamaño mas reducido en tanto no llegue el buen tiempo que le permita utilizar el terrado. El camarero del bar me recibe con una sonrisa como una luna creciente y unos ojitos cargados de picardía. Qué se le va hacer. Por lo demás, todo sigue como siempre.
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